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EL SORPRENDENTE PREGÓN DE PILAR RAHOLA

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El jesuita Francisco de Javier cumpliendo su labor misionera en el Lejano Oriente  

EL SORPRENDENTE PREGÓN DE PILAR RAHOLA

El Pregón de Pilar Rahola para la Jornada Misional del DOMUND correspondiente al año 2016 ha sorprendido a muchas personas pues su contenido, asumible en la práctica totalidad, a excepción de ligeros matices innecesarios, no se corresponde con su trayectoria personal y política.

Ya que algunos han aludido al aspecto ético de la cuestión, me atrevo a hacer un aserto que creo irrefutable desde esa perspectiva: No existe persona de bien alguna (que también se suele reputar de bien nacida) que no respete, admire y agradezca el trabajo realizado por algunos seres humanos en favor de los más necesitados física y espiritualmente. Tanto se ejerza una actividad filantrópica como misionera, es digna de encomio la entrega que demuestran sus protagonistas a una causa para la que se requiere tener profunda fe, sea en la Humanidad o en el Todopoderoso; requisito imprescindible para dotar de sentido cualquier vocación firmemente sustentada en el Amor al Prójimo.

Dejando, pues, bien sentada esa premisa pasemos a hacer un breve análisis del eterno dilema entre el Bien y el Mal. Ambos anidan en nuestro espíritu y mantienen una lucha constante para vencer e inclinar nuestros actos en una u otra dirección. Cada historia personal está construida sobre episodios en los que, con mayor o menor intensidad, unas veces han vencido de forma clara las fuerzas positivas y otras las negativas. Cuando en la balanza del pasado pesan mucho más las primeras que las segundas se nos puede considerar buenas personas y si ocurre lo contrario es obvio que somos malas personas. Dentro de esa división tan básica cabe encontrar una amplia gradación de estados de límites imprecisos. Por eso, definir la frontera entre el Bien y el Mal es una labor que ningún humano es capaz de realizar con equidad. Algunas personas se atreven a ejercer de jueces y separan a los demás, de una forma abiertamente maniquea, entre buenos y malos, siempre desde sus particulares puntos de vista, lo que les viene de perlas para engañar a los ingenuos y a los poco avisados, incluyéndose ellos y los que siguen sus consignas en la categoría de los buenos y colocando al resto en la de los malos. Eso es una burda maniobra que favorece el adoctrinamiento de quienes les escuchan para así poder conseguir sus espurios objetivos.         

Pero, aunque resulta obvio que no debemos erigirnos en jueces inflexibles de los demás, ello no nos obliga a renunciar al derecho de opinar sobre su categoría moral ante la evidencia de su comportamiento y a la luz de sus manifestaciones en los diversos medios en que se han publicado o emitido y, por tanto, difundido para conocimiento de todos. Afortunadamente, las bibliotecas, las hemerotecas y los archivos audiovisuales dejan constancia de los actos y las palabras de los personajes con relevancia mediática y son aquéllos y ésta es la carga de prueba que los define, sin que ni siquiera sea necesario diseccionarlos y realizar un análisis objetivo de ellos.         

En lo que se refiere a doña Pilar Rahola Martínez basta con revisar los antecedentes fácticos, de los que dan rigurosa fe sus propias palabras. Unas veces se ha declarado agnóstica (como tal figura en la biografía publicada en Wikipedia sin que nunca lo haya desmentido) y otras se presenta como atea. Es claro que no puede ser ambas cosas a la vez, pues son incompatibles. Basta con atender a las definiciones que proporciona el Diccionario de la RAE para ambos vocablos y para aquéllos de los que derivan (agnosticismo y ateísmo): 

agnóstico, ca

  1. Perteneciente o relativo al agnosticismo.

  2. Que profesa el agnosticismo.

agnosticismo

  1. Actitud filosófica que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia.

ateo, a

  1. Que niega la existencia de cualquier dios.

  2. Que implica o conlleva ateísmo. Un racionalismo ateo. 

ateísmo

  1. Convicción de la persona atea.

  2. Condición de ateo.

Es decir que, mientras el agnóstico se considera incapaz de pronunciarse sobre la existencia o inexistencia de lo divino, el ateo se decide abiertamente por la segunda opción. De lo anterior se deduce, al menos, que no tiene las ideas claras.

Pero eso es solo una anécdota de escasa importancia en el asunto que nos ocupa. Lo trascendente, en mi opinión, es lo que piensa sobre el aborto, el terrorismo y el secesionismo.

Cuando el Ministerio de Justicia del Gobierno del PP presentó su moderado proyecto de “Ley de Defensa de la Vida y de Protección de la Mujer Embarazada” con el que se intentaba corregir la deriva de la “ley de plazos” del Gobierno de Rodríguez y volver a una versión más restrictiva de la conocida como “ley del aborto” promulgada por el Gobierno del señor González, doña Pilar Rahola puso el grito en el cielo y en declaraciones públicas tildó de integristas y ultracatólicos a quienes defendían esa iniciativa, pese a que el texto redactado se quedaba corto al compararlo con lo propuesto en el programa electoral que se difundió antes de los comicios generales de 2011, más acorde con el recurso de inconstitucionalidad interpuesto contra la ley que reconocía como “derecho” lo que solo cabe calificar como un crimen de lesa humanidad.  No cometido, en general, por unas mujeres a las que la sociedad debería proteger tanto como a los hijos que están gestando, sino por quienes las empujan a él, sea por supuestas razones ideológicas para defender un falso concepto del feminismo o atendiendo solo a rastreros intereses económicos.

Esa misma persona alaba ahora, en su pregón de la Jornada Misional del Domund correspondiente a 2016, las actuaciones de los defensores de la vida que entregan su existencia a la noble tarea de practicar sin límites, con los enfermos y menesterosos, la verdadera caridad bien entendida (no la que dice el refrán, pues esa empieza por uno mismo), además de evangelizar con su ejemplo, orientando amorosamente a los que están perdidos en los intrincados caminos por donde los mortales buscan la Verdad. Cabe mayor incongruencia y cinismo que se presente como ferviente admiradora de esos héroes de la caridad quien ha justificado y justifica con sus palabras el diario genocidio que se comete en nuestra atribulada sociedad humana dirigida por los supuestos “progresistas” hacia el abismo de la denigración ética que preconiza un “Nuevo Orden Mundial”, de siniestra factura, apadrinado por oscuras fuerzas infiltradas en los Organismos Internacionales y las Instituciones de casi todos los países.

Además, esa misma ciudadana, desde la plataforma de los cargos institucionales que ha ostentado, y la preeminente posición que le otorgan ciertos medios de comunicación social, se ha presentado siempre como una defensora radical del más rancio independentismo catalán. No solo ha escrito numerosos relatos manipuladores sobre las traidoras doctrinas separatistas que venden a los incautos un “Imperio catalán” (los llamados “países catalanes” que nunca existieron en la realidad histórica) sino que ejerce de hagiógrafa de los más conspicuos y notorios “próceres” que han dirigido y dirigen el movimiento separatista del noreste de la Península. Recuérdese su biografía del anterior Presidente de la Generalidad de Cataluña (España).

Quien tanto dice preocuparse por el bienestar y los más elementales derechos de las personas no se retrae ni un ápice al negar la soberanía del pueblo español, reconocida en la Constitución de 1978, así como al rechazar la igualdad de todos los españoles cualquiera que sea su lugar de residencia en el territorio patrio y oponerse a una enseñanza de las diferentes materias que tenga iguales contenidos en cualquier parte de España (del Estado, dicen los separatistas para ofender a la Entidad histórica y política cuya existencia garantiza el irrenunciable “ser” de Cataluña y el “estar” formando parte de un conjunto inseparable).

Tan grave como dichos indignos posicionamientos de la señora Rahola ante cuestiones de innegable trascendencia, como son las anteriormente citadas, es su fluctuante deambular por el peligroso territorio de los aledaños terroristas, pues a veces ha preferido situarse en una ubicación equidistante entre los asesinos y sus víctimas. Cuando se pretende contraponer la denominada “violencia institucional” a la violencia terrorista nacida en 1958, situándolas al mismo nivel, se está ofendiendo gravemente a las víctimas de esa plaga que asoló España desde 1961 con sus horrendos crímenes y hoy latente en el huevo que el reptil etarra incuba en las instituciones políticas españolas, gracias al apoyo de una izquierda cómplice y de una derecha cobarde. Es claro que los abusos de poder y las tropelías de algunos agentes del orden público deben denunciarse, además de perseguirse y castigarse legalmente, pero no es de recibo que esos hechos o las injusticias sociales se nos presenten como justificación de los actos terroristas, que nada tienen que ver con las legítimas reclamaciones de los damnificados por aquellos. El terrorismo únicamente conduce a que impere la “ley de la selva” allá donde solo debería regir el imperio de la Ley justa. En una intervención pública que tuvo lugar en Argentina, para defender el llamado “proceso” hacia la independencia de Cataluña, se atrevió a decir la siguiente barbaridad: “Los conflictos internacionales, si no hay sangre, interesan poco (…) Quizá otros ponen una bombita y salen en algún sitioy nosotros ponemos dos millones de personas para conseguir salir”. Hacer bromas de unos hechos trágicos, que han sembrado de dolor la vida de muchos seres humanos, demuestra su total falta de ética, su nulo sentimiento de humanidad y su escaso respeto hacia las víctimas de la canalla terrorista. Como para que ahora venga a darnos lecciones sobre la caridad cristiana o la solidaridad laica.

Bien es cierto que a su favor tiene la peculiar defensa del pueblo judío contra los que niegan el Holocausto y pretenden exterminar a Israel y también su ostensible oposición al terrorismo islámico, presentes en muchos de sus artículos e intervenciones públicas.

Al evaluar el peso de sus actos y palabras en la balanza, no solo de mi personal criterio sino del sentimiento de quienes no se comportan como desalmados, son tan graves los aspectos detestables que el fiel se inclina de forma inequívoca hacia la posición negativa, donde el Mal triunfa sobre el Bien. Pero, aunque ello no deja de ser una percepción subjetiva considero que tengo perfecto derecho a expresar mi opinión y difundirla, máxime cuando coincide con la de gran número de ciudadanos.

No cuestiono el fondo de su pregón sino la innecesaria reiteración de la condición de no creyente (¿atea o agnóstica?) que ella misma no concreta, junto a la utilización del frío concepto “todo el Estado” para eludir la palabra España (siempre maldita para los independentistas) y expreso mis dudas sobre la sinceridad de sus palabras cuando estas se pronuncian desde el pretendidamente inatacable castillo que ha edificado sobre la cínica justificación de unos comportamientos que son totalmente injustificables desde la perspectiva de los defensores de la vida, de la Historia de nuestra Patria y del respeto a los más elementales derechos humanos y políticos de las personas, amparados por la ética, la razón y el vigente texto constitucional.

Estar conforme con que esa preclara representante de la progresía pronuncie un discurso de loa a personas de tan elevada talla moral, que desde su abnegada entrega a los demás defienden criterios muy opuestos a los suyos, es tanto como aceptar que Adolf Hitler hubiera sido ponente en un congreso sobre los derechos del pueblo judío, que a Iósif Stalin se le hubiese encargado pronunciar un emotivo discurso a favor de la democracia, a Mao Zedong otro sobre la defensa de la vida y contra la tortura, a Pol Pot uno en contra de la práctica del genocidio, al doctor Menguele una sentida disertación a favor del Código Deontológico en el ejercicio de la Medicina, a Bokassa I un discurso en contra de la antropofagia, a Chávez una alabanza sobre la libertad de expresión, a Fidel Castro se le hubiera encomendado un pregón laudatorio sobre los derechos humanos y políticos, al káiser Guillermo II prédicas contra el militarismo, y los perjuicios de las guerras, a Escobar un plan contra el tráfico de drogas, a Charles Manson una plática sobre la actividad perniciosa de las sectas diabólicas, o incluso al mismo Diablo se le propusiera por el Vaticano pronunciar un sermón sobre los beneficios de la fe y lo excelso de la santidad.

Claro que, en estos tiempos que corren, cosas más extrañas vemos de continuo y nuestras mentes ya están vacunadas contra la incongruencia de la política de la “igual da” que está implantando el relativismo en nuestras relaciones humanas para conseguir un desarme ético, siempre con la absurda tesis de que todas las ideas y las personas que las gestan o las defienden son merecedoras de respeto. Cuando la hipocresía nos invade, hasta el punto de dejar a gran parte de nuestros conciudadanos sin anticuerpos contra las pandemias que el Mal propaga con virulenta intensidad, debemos actuar con el coraje necesario para salir al paso de esa invasiva enfermedad con el fin de cortarla de raíz y detener así su propagación.

Pretender que el ejercicio de la política no debe sustentarse sobre la Ética y la Justicia, porque son cuestiones distintas, es una falacia que no se sostiene. Los humanos cuando actuamos y opinamos hacemos política, lo que no es malo de por sí. Lo perverso es el partidismo dogmático que impregna de envidia, rencor y odio el noble juego de expresar las ideas con libertad y siempre bajo el paraguas de los dos principales mandamientos que una mente sana debe respetar y en los que fundo mis creencias humanas y religiosas:

1º) No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti, y

2º) Haz por los demás lo que quisieras que ellos hicieran por ti.

Reconvenir a otros por lo que considero sus errores entra dentro de esas premisas, pues también deseo sinceramente que me reconvengan a mi cuando yerro. Siempre desde el respeto a la Verdad, a la Justicia y a la Dignidad del que todos somos merecedores por mucho que nuestra trayectoria vital se desvíe de lo Verdadero, lo Justo y lo Digno.

Vuelvo al inicio de este escrito para expresar otra vez mi respeto, admiración y agradecimiento hacia todos los que a lo largo de la Historia han llevado a cabo labores filantrópicas o misioneras cualquiera que fuese su credo y su formación intelectual. Muchos de ellos sobradamente reconocidos por sus nombres y apellidos como es el caso del franciscano español Raimundo Lulio, el franciscano italiano Juan de Montecorvino, el dominico español Bartolomé de las Casas, el jesuita español Francisco de Javier, el jesuita francés Alejandro de Rodas, el jesuita alemán Johann Adam Schall von Bell, el belga Teófilo Bervist (fundador de los Padres Cheutveld), el cardenal francés Charles M.A. Lavigerie (fundador de los Padres Blancos), el belga Joseph Damien de Veuster (El famoso Padre Damián, fundador de los Padres Picpus), el trapense francés Charles Eugéne de Foucauld y la hindú Madre Teresa de Calcuta (fundadora de las Misioneras de la Caridad), todos ellos católicos.

Pero también por el “congregacional” o congregacionista inglés John Elliot, el anglicano inglés Thomas Bray, el luterano alemán Bartholomaus Ziegenbalg, el luterano alemán Christian Friedich Schwartz, el bautista inglés William Carey (fundador de la Sociedad Misionera Bautista), el escocés Robert Moffat (fundador de la Sociedad Misionera de Londres), el bautista estadounidense Adoniram Judson, el anglicano nigeriano Samuel A. Crowther y el luterano alemán Albert Schweitzer, todos ellos de confesiones cristianas protestantes. Sin olvidarnos del famoso explorador y misionero británico David Livingstone y del filántropo español Vicente Ferrer Moncho, fallecido en 2009, ambos sin adscripción religiosa declarada.

Todos ellos se hicieron dignos acreedores de figurar en la Historia como Benefactores de la Humanidad, al igual que tantos otros de antaño y de hogaño que en la modestia del anonimato sembraron o siembran de amor los lugares que pisan haciendo crecer el Bien donde solo hay dolor y desesperanza. Pero se me antoja que es palmariamente inapropiado que las alabanzas a quienes nos dan ejemplo con sus actos se encomienden por las jerarquías, sean eclesiásticas, administrativas o políticas a ciertos individuos cuyo currículo está manchado por la defensa de un espantoso crimen hoy convertido en “derecho legal”, de quienes asesinan a sus semejantes en nombre de hipotéticos ideales o de quienes delinquen para dividir a los españoles sin respetar las leyes justas ni las resoluciones de los juzgados y tribunales.

Son numerosas las voces que se han alzado con el fin de denunciar ese agravio a las personas de bien, autorizado para vergüenza de nuestra sociedad y escándalo de los que aún conservan la fe en Aquello que nos trasciende o, al menos, en la Humanidad. Como ejemplo se adjunta al final un crítico artículo del sacerdote don Custodio Ballester Bielsa, publicado en el diario online Alerta Digital el día 12 de noviembre de 2016, donde expresa su opinión contraria a la decisión adoptada por las jerarquías de la Iglesia Católica que han propiciado este contrasentido. Hay muchos más escritos por seglares e incluso no creyentes.

Siempre estaré con quienes sufren y son víctimas de la injusticia y con aquéllos que les ayudan en sus necesidades materiales y espirituales, pero nunca junto a los hipócritas que se pronuncian en un sentido que es en absoluto consecuente con su trayectoria personal.

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional de

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

 Casa Provincial de los Padres Blancos en Madrid

 

La ultrabortista Pilar Rahola, musa episcopal

Pilar Rahola tiene capacidad de convocatoria. El 80% de las personas que llenaron la Sagrada Familia no van a la Iglesia habitualmente o son descreídas (P. Anastasio Gil. Director de las Obras Misionales Pontificias)

El pasado 15 de octubre Pilar Rahola, periodista y ex diputada de Esquerra Republicana, predicó un melifluo sermón en el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona. Ella fue la persona designada por el director nacional de las Obras Misionales Pontificias, el sacerdote Anastasio Gil, para pronunciar el pregón en España de la Jornada Misional del Domund (Domingo Mundial de la Propagación de la Fe). ¿A quién se le ocurrió la infeliz idea? ¿Qué inteligencia penetrante y maquiavélica urdió la maniobra? Una atea abortista, pero admiradora -dice- de los misioneros, aleccionando a la Iglesia católica en presencia de dos significados obispos.

http://eldia.es/agencias/8913652-Firma-Sindicada-Francisco-Muro-Iscar-Domund-Pilar-Rahola

Cuando el Ministro de Justicia del PP propuso la reforma de la Ley Aído del aborto libre, la Rahola se desató en el programa La Noria de Telecinco. Estaba cabreadísima por las declaraciones de Esperanza Aguirre. A la pobre se le había escapado que todo aborto es un fracaso de la mujer, y una violencia estructural. Doña Pilar no pudo más y afirmó a voz en grito: Yo no sé por qué Ruiz Gallardón tiene complejos. Él está planteando el discurso típico más ultracatólico en este tema desde siempre. Es la España ultracatólica. Es la España integrista. Es la España de la Contrarreforma. Y esa España saca la patita y de vez en cuando manda. Entonces hay algunos derechos civiles que nos ha costado una barbaridad de conseguir, que nos los vuelven a fastidiar.

No hay ningún país de Europa, ¡en ninguno! donde el aborto regulado, el gobierno de derechas lo haya sacado. Es el único España. ¡España es el único! No lo han hecho los ingleses. No lo ha hecho el gobierno de Sarkozy que es de derechas y no ha tocado el aborto, que es infinitamente más avanzado que el nuestro. ¡Pero de lejos! Y aquí en cambio ¿qué pasa? Pero, claro, como queda mal decir que han vuelto a sacar la capuchita y han hecho de ultracatólicos, nos venden un discurso que además es un discurso progre, que es el tema de la violencia estructural para meternos el gol de la regresión.

Dicho lo cual, Sr. Ruiz Gallardón, ¿violencia estructural? Sí. Cinco millones de parados. Eso sí que es violencia estructural. ¿Violencia estructural? La feminización de la pobreza. ¿Violencia estructural? Un embarazo no deseado. ¿Violencia estructural? Chavalas de catorce o quince años que se queden embarazadas y que les fastidies la vida para siempre. ¡Eso es violencia estructural!

http://www.telecinco.es/lanoria/2012/10-03-12/el-aborto-a-debate-en-la-noria_5_1378725002.html

Ahí estaba. Pilar Rahola en estado puro, sin incienso y sin maquillar. La gente conocía su currículum y protestó: ¿La abortista Rahola pregonera del Domund? ¡Vergonzoso! ¡Hasta ahí podíamos llegar! Don Anastasio Gil y los que la recomendaron -no creo que el Director de las Obras Misionales contactara con ella directamente- debieron pensar que la comunidad católica estaría tan narco-intoxicada como ellos y se pusieron como fieras cuando la indignación popular se manifestó con fuerza. Y es que los prebostes de las Obras Misionales Pontificias, lejos de amilanarse, sacaron pecho.

Algún alma cándida debió pensar que la invitación episcopal llegó después de alguna secreta conversión de Pilar Rahola que ahora se hacía pública. ¡Pero no! Ella misma lo desmintió tres veces a lo largo de su melindroso pregón. Al principio, en medio y al final. Que si no soy creyente, que si Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. La palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Y luego toda esa papilla buenista medio kantiana, medio socialdemócrata del amor a los pobres y de unos valores evangélicos a los cuales no los sostiene el Espíritu de Cristo -en el que no cree, claro-, sino sólo la admirable heroicidad de unos cuantos misioneros.

Bueno, tal vez su furibunda actitud proabortista había cambiado… Así lo parecían sugerir las palabras del padre Anastasio: Una mujer que desde el principio se confiesa como no creyente nos dice a los que discutimos si primero es el pan y después la palabra, que la evangelización precede a los proyectos de desarrollo. ¡Qué guay! Viene una de fuera y nos descubre la sopa de ajo. Lo que dijo Pablo VI en la encíclica Evangelii Nuntiandi y lo que ha sostenido la doctrina católica a lo largo de los siglos no pesa; lo que pesa es lo que dijo la Rahola. Y sigue el padre Gil: Ella nos habla de la excelencia de la evangelización, de que la virtud de la caridad supera a la solidaridad, la caridad movida por amor a Dios. Que lo diga Pilar Rahola tiene mucho mérito. El mérito que no tienen ni Pablo VI, ni Juan Pablo II seguramente.

Por último, Anastasio Gil concluyó recordando que la Iglesia acoge a los pecadores: No seré yo quien excluya a Pilar porque cometa el error de defender el aborto, porque a pesar de sus ideas, es hija de Dios. La Iglesia no tiene una aduana. Aquellos que han excluido a esta mujer, pienso que tendrían que hacer examen de conciencia. Es verdad, la Iglesia acoge a los pecadores… ¡para que se arrepientan, no para colocarlos en el púlpito! Y el defender el aborto no es un simple error, un descuido, una confusión. Defender el aborto como lo hace la Rahola es una actitud genocida. Es defender el exterminio de aquellos inocentes que no tienen voz ni voto. Y es establecer un crimen abominable como un derecho; es destruir esa civilización que se construyó sobre los mandamientos de ese Dios en el que no cree. Y en su caso, ridiculizar y descalificar a los que no piensan como ella y defienden la vida. Pero a usted, D. Anastasio, eso le da lo mismo, ¿verdad? porque seguramente no tenía a nadie más digno ni más famoso para hacer su pregón. ¡Haga usted el examen de conciencia que quiere para los demás, pero no para sí mismo, D. Anastasio!

www.sacerdotesporvida.es

 

TEXTO DEL PREGÓN DEL DOMUND 2016 PRONUNCIADO POR PILAR RAHOLA EN LA SAGRADA FAMILIA DE BARCELONA

Excelentísimo Sr. Arzobispo Juan José Omella, monseñores, autoridades, amigas y amigos:

No puedo empezar este pregón sin compartir los sentimientos que, en este preciso momento, me tienen el corazón en un puño. Estoy en la Sagrada Familia, donde, como decía el poeta Joan Maragall, se fragua un mundo nuevo, el mundo de la paz. Y estoy aquí porque he recibido el inmerecido honor de ser la pregonera de un grandioso acto de amor que, en nombre de Dios, nos permite creer en el ser humano. Si me disculpan la sinceridad, pocas veces me he sentido tan apelada por la responsabilidad y, al mismo tiempo, tan emocionada por la confianza.

No soy creyente, aunque algún buen amigo me dice que soy la no creyente más creyente que conoce. Pero tengo que ser sincera, porque, aunque me conmueve la espiritualidad que percibo en un lugar santo como este y admiro profundamente la elevada trascendencia que late el corazón de los creyentes, Dios me resulta un concepto huidizo y esquivo. Sin embargo, esta dificultad para entender la divinidad no me impide ver a Dios en cada acto solidario, en cada gesto de entrega y estima al prójimo que realizan tantos creyentes, precisamente porque creen. ¡Qué idea luminosa, qué ideal tan elevado sacude la vida de miles de personas que un día deciden salir de su casa, cruzar fronteras y horizontes, y aterrizar en los lugares más abandonados del mundo, en aquellos agujeros negros del planeta que no salen ni en los mapas! ¡Qué revuelta interior tienen que vivir, qué grandeza de alma deben de tener, mujeres y hombres de fe, qué amor a Dios que los lleva a entregar la vida al servicio de la humanidad! No imagino ninguna revolución más pacífica ni ningún hito más grandioso.

Vivimos tiempos convulsos, que nos han dejado dañados en las creencias, huérfanos de ideologías y perdidos en laberintos de dudas y miedos. Somos una humanidad frágil y asustada que camina en la niebla, casi siempre sin brújula. En este momento de desconcierto, amenazados por ideologías totalitarias y afanes desaforados de consumo y por el vaciado de valores, el comportamiento de estos creyentes, que entienden a Dios como una inspiración de amor y de entrega, es un faro de luz, ciertamente, en la tiniebla.

Hablo de ellos, de los misioneros, y esta palabra tan antigua como la propia fe cristiana —no en vano los cristianos empezaron a salir de su tierra, para ir a la tierra de todos, desde los principios de los tiempos—, esta palabra, decía, ha sido ensuciada muchas veces, arrastrada por el fango del desprecio. Es cierto que los misioneros tienen un doble deseo, una doble misión: son portadores de la palabra cristiana y, a la vez, servidores de las necesidades humanas. Es decir, ayudan y evangelizan, y pongo el acento en este último verbo, porque es el que ha sufrido los ataques más furibundos, sobre todo por parte de las ideologías que se sienten incómodas con la solidaridad, cuando se hace en nombre de Cristo. De esta incomodidad atávica, nace el desprecio de muchos.

Es evidente que las críticas históricas a determinadas prácticas en nombre de la evangelización son pertinentes y necesarias. Estoy convencida, leyendo el Nuevo Testamento, de que el mismo Jesús las rechazaría. Pero no estamos en la Edad Media, ni hace siglos, cuando, en nombre del Dios cristiano, se perpetraron acciones poco cristianas. Desgraciadamente, el nombre de todos los dioses se usa en vano para hacer el mal, y este hecho tan humano tiene muy poco que ver con la idea trascendente de la divinidad. Pero, al mismo tiempo, hay que poner en valor la entrega de miles y miles de cristianos que, a lo largo de los siglos, han hecho un trabajo de evangelización, convencidos de que difundir los valores fraternales, la humildad, la entrega, la paz, el diálogo, difundir, pues, los valores del mensaje de Jesús, era bueno para la humanidad. Si es pertinente hacer proselitismo político, cuando quien lo hace cree que defiende una ideología que mejorará el mundo, ¿por qué no ha de ser pertinente llevar la palabra de un Dios luminoso y bondadoso, que también aspira a mejorar el mundo? ¿Por qué, me pregunto —y es una pregunta retórica—, hacer propaganda ideológica es correcto, y evangelizar no lo es? Es decir, ¿por qué ir a ayudar al prójimo es correcto cuando se hace en nombre de un ideal terrenal, y no lo es cuando se hace en nombre de un ideal espiritual? Y me permito la osadía de responder: porque los que lo rechazan lo hacen también por motivos ideológicos y no por posiciones éticas.

Quiero decir, pues, desde mi condición de no creyente: la misión de evangelizar es, también, una misión de servicio al ser humano, sea cual sea su condición, identidad, cultura, idioma…, porque los valores cristianos son valores universales que entroncan directamente con los derechos humanos. Por supuesto, me refiero a la palabra de Dios como fuente de bondad y de paz, y no al uso de Dios como idea de poder y de imposición. Pero, con esta salvedad pertinente, el mensaje cristiano, especialmente en un tiempo de falta de valores sólidos y trascendentes, es una poderosa herramienta, transgresora y revolucionaria; la revolución del que no quiere matar a nadie, sino salvar a todos.

Permítanme que lo explicite una manera gráfica: si la humanidad se redujera a una isla con un centenar de personas, sin ningún libro, ni ninguna escuela, ni ningún conocimiento, pero se hubiera salvado el texto de los Diez Mandamientos, podríamos volver a levantar la civilización moderna. Todo está allí: amarás al prójimo como a ti mismo, no robarás, no matarás, no hablarás en falso…; ¡la salida de la jungla, el ideal de la convivencia! De hecho, si me disculpan la broma, solo sería necesario que los políticos aplicaran las leyes del catecismo para que no hubiera corrupción ni falsedad ni falta de escrúpulos. El catecismo, sin duda, es el programa político más sólido y fiable que podamos imaginar.

Y de la idea menospreciada, criticada y tan a menudo rechazada de la evangelización, a otro concepto igualmente demonizado: el concepto de la caridad. ¿Cuántas personas de bien que se sienten implicadas en la idea progresista de la solidaridad, y alaban las bondades indiscutibles que la motivan, no soportan, en cambio, el concepto de la caridad cristiana? Y uso el término con todas sus letras: caridad cristiana, consciente de cómo molesta esa motivación en determinados ambientes ideológicos. Sin embargo, esta idea, que personalmente encuentro luminosa, pero que otros consideran paternalista e incluso prepotente, ha sido el sentimiento que ha motivado a millones de cristianos, a lo largo de los siglos, a servir a los demás. Y cuando hablamos de los demás, hablamos de servir a los desarraigados, a los olvidados, a los perdidos, a los marginados, a los enfermos, a los invisibles. ¡Quiénes somos nosotros, gente acomodada en nuestra feliz ética laica, para poner en cuestión la moral religiosa, que tanto bien ha hecho a la humanidad! La caridad cristiana ha sido el sentimiento pionero que ha sacudido la conciencia de muchos creyentes, decididos a entregar la vida propia para mejorar la vida de todos.

Y no me refiero solo a los misioneros actuales, a los más de quinientos catalanes, o a los casi trece mil de todo el Estado, repartidos por todo el mundo, allí donde hay necesidad más extrema, sino también a aquellos lejanos cristianos que, por amor a su fe, protagonizaron gestas heroicas. ¿Qué podemos decir, por ejemplo, de los mercedarios que se intercambiaban por personas que estaban presas en tierras musulmanas, como acto sublime de sacrificio propio, en favor de los demás? El mismo ideal espiritual que motivaba a san Serapión a ir hasta el Magreb, entrar en la prisión de un sultán y liberar a un desconocido, convencido de que aquel acto de amor era un tributo a Dios, es el que motivó a Isabel Solà Matas, una joven enfermera catalana, perteneciente a la Congregación de Jesús-María, a estar dieciocho años en Guinea y ocho en Haití, hasta que fue asesinada. Durante todos estos años de entrega, dejó su estela de bondad y servicio, y, gracias a ella, por ejemplo, existe ahora el Proyecto Haití, un centro de atención y rehabilitación de mutilados que fabrica prótesis para los haitianos que no tienen recursos. La conocían como «la monja de los pies», porque, gracias a ella, muchos haitianos pobres habían tenido una segunda oportunidad. Casi ochocientos años separaban a san Serapión de Isabel Solà, y, en ocho siglos, el mismo alto ideal de servicio y entrega los motivaba, empujados por la creencia en un Dios de amor.

Y como Isabel, tantos otros misioneros, monjas, curas y seglares, muertos en cualquier rincón del mundo, asesinados, abatidos por virus terribles, caídos en las guerras de la oscuridad. Cómo no recordar al hermano Manuel García Viejo, miembro de la Orden de San Juan de Dios, que, después de 52 años dedicados a la medicina en África, se infectó del ébola en Sierra Leona y murió. O a su compañero de Orden Miguel Pajares, que desde los doce años dedicaba su vida a los más pobres y que regentaba un hospital en una de las zonas de Liberia más castigadas por el virus. Todos ellos, caídos en el servicio a la humanidad, motivados por su fe religiosa y por la bondad de su alma. Isabel, Manuel, Miguel son la metáfora de lo que significa el ideal del misionero: el de amar sin condiciones, ni concesiones. Si Dios es el responsable de tal entrega completa, de tal sentimiento poderoso que atraviesa montañas, identidades, idiomas, culturas, religiones y fronteras, para aterrizar en el corazón mismo del ser humano, si Dios motiva tal viaje extraordinario, cómo no querer que esté cerca de nosotros, incluso cerca de aquellos que no conocemos el idioma para hablarle.

Decía Isabel Solà en 2011, en un vídeo-blog para pedir ayuda para su centro de prótesis: «Os preguntaréis cómo puedo seguir viviendo en Haití, entre tanta pobreza y miseria, entre terremotos, huracanes, inundaciones y cólera. Lo único que podría decir es que Haití es ahora el único lugar donde puedo estar y curar mi corazón. Haití es mi casa, mi familia, mi trabajo, mi sufrimiento y mi alegría, y mi lugar de encuentro con Dios».

No encuentro palabras más intensas para describir la fuerza grandiosa del amor. He dicho al inicio de este pregón que no soy creyente en Dios, y esta afirmación es tan sincera como, seguramente, triste. ¡Estamos tan solos ante la muerte los que no tenemos a Dios por compañía! Pero soy una creyente ferviente de todos estos hombres y mujeres que, gracias a Dios, nos dan intensas lecciones de vida, apóstoles infatigables de la creencia en la humanidad. El papa Francisco ha pedido, en su Mensaje para este DOMUND, que los cristianos «salgan» de su tierra y lleven su mensaje de entrega, pero no porque los obliga una guerra o el hambre o la pobreza o la desdicha, como tantas víctimas hay en el mundo, sino porque los motiva el sentido de servicio y la fe trascendente. Es un viaje hacia el centro de la humanidad. Esta llamada nos interpela a todos: a los creyentes, a los agnósticos, a los ateos, a los que sienten y a los que dudan, a los que creen y a los que niegan, o no saben, o querrían y no pueden. Las misiones católicas son una ingente fuerza de vida, un inmenso ejército de soldados de la paz, que nos dan esperanza a la humanidad, cada vez que parece perdida.

Solo puedo decir: gracias por la entrega, gracias por la ayuda, gracias por el servicio; gracias, mil gracias, por creer en un Dios de luz, que nos ilumina a todos.