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DOS PEPES Y UN DESTINO

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Como aficionado al cinematógrafo guardo en mi memoria un agradable recuerdo de la película dirigida en 1969 por George Roy Hill cuyo título en inglés es “Butch Cassidy and Sundance Kid”, que en español se cambió por “Dos hombres y un destino”. La melodía “Raindrops Keep Fallin’on my Head” (“Gotas de lluvia caen sobre mi cabeza”) compuesta por Burt Bacharach y Hal Davis, con letra de B.J. Thomas, marcó una verdadera revolución al renovar el acompañamiento musical de las películas encuadradas en el género del Oeste (Western).

Los actores Paul Newman y Robert Redford, en sus respectivos papeles de Cassidy y Kid, ofrecen una lección magistral al interpretar a dos forajidos de pacotilla (más bien picaros redomados) cuyas andanzas tuvieron lugar en las postrimerías del siglo XIX y principios del XX.

Transcurridos más de cien años aparecen en escena dos nuevos pícaros, en este caso del mismo nombre y primer apellido con la igual inicial, cuyas correrías convierten en minucias intrascendentes las transgresiones legales y éticas de los simpáticos protagonistas del filme antes rememorado.

Proveniente de las filas del partido creado por el “Viejo Profesor” y maestro en el arte de la simulación, Pepe Bono desembarcó después en la organización dirigida por “Isidoro” bajo cuya protección se convirtió en el señor feudal del territorio castellano manchego, donde imperó durante más de veinte años como dueño de vidas y haciendas. Más tarde, tras un intento frustrado de dirigir ese partido, se integró en las filas del ahora “contador de nubes” que lo elevó primero a la alta magistratura de Presidente de la Cámara Baja Legislativa y después a titular del Ministerio de Defensa, al que transformó, de hecho, en una O.N.G de ayuda presuntamente humanitaria.

El mayor logro que se le conoce es el de haber ejecutado la traición de su señorito a los mejores socios internacionales de España (ONU, OTAN, EEUU,…) rompiendo unilateralmente los compromisos adquiridos y llevando a nuestro País a sufrir un nuevo bloqueo político, reflejado en el visible aislamiento al que los dirigentes internacionales condenaron en las reuniones de alto nivel al, por aquellas fechas, Presidente del Gobierno. De lo anterior prestan testimonio fidedigno los numerosos y expresivos documentos audiovisuales que se conservan en las videotecas de todos los medios de comunicación.

Pero, mientras eso hacía en el ámbito político, no perdía el tiempo y se preocupaba con especial dedicación a aumentar su patrimonio de forma considerable. Para ello utilizaba todos los recursos que los relevantes puestos desempeñados ponían a su alcance, sin reparar en la visible ilegalidad o, al menos, sin que fuera un impedimento la dudosa ética en que podían incurrir los métodos empleados para conseguir sus fines. No es necesario enumerarlos. Pero si es conveniente recordar, atendiendo a la naturaleza de uno de ellos, que su afición hípica le llevó a ganar el derbi de la corrupción, cuyo premio en forma de sentencia condenatoria le “impidieron conseguir” los numerosos amigos colocados por sus cómplices del partido en las diversas instituciones.

En los últimos tiempos de sus correrías fue emergiendo como figura, otro individuo, Pepe Blanco (apodado “Pepiño”) proveniente de igual caladero político, que se incorporó en la organización lucense del mismo partido como “chico de los recados” y en una rápida escalada pasó a ser el segundo de a bordo del “negador de la crisis” y en el factótum del Departamento donde se fomentaba la mordida aprovechando el enorme y descontrolado volumen de su presupuesto de inversiones públicas. Hombre de escasa preparación intelectual, pero de gran habilidad para el regate corto, supo también manipular para que su (más tarde) jefe de filas consiguiera la Secretaría General, por los pelos, y luego la dirección del Ejecutivo, ayudando a mantenerlo más de once años en el poder interno y casi ocho en el externo. Con su peculiar modo de expresarse en público y chalanear en privado consiguió también alcanzar uno de los cenit de “corrución” (según su forma de hablar) que le llevaba a conseguir favores para sus amigos políticos y establecer la caja del favor “corruto” (como él decía) en el interior de un coche aparcado en cierta gasolinera. El prefería ser “contador de euros” antes que de nubes.

Al igual que a su tocayo, las “rimbombantes” amistades personales, y de sus conmilitones, le libraron de seguir contando (en este caso días, no billetes) en una habitación de los confortables establecimientos que todos los españoles pagamos para tratar a cuerpo de rey a los terroristas, los asesinos múltiples y los delincuentes de cuello blanco.

Las andanzas de esos singulares personajes, bien sea solos, juntos o en compañía de otros, permitirían a un buen guionista cinematográfico escribir un argumento de la enjundia del que dio lugar a la filmación de “Dos hombres y un destino” y que podría llamarse “DOS PEPES Y UN DESTINO”. No creo que los dos protagonistas (tanto en la realidad como en la ficción) se granjearan las simpatías de los espectadores como ocurría con aquéllos a los que dieron vida Newman y Redford, que eran dos pícaros llenos de humanidad y sano humor. La catadura de los dos Pepes produce rechazo a las personas decentes. Por eso el desenlace del filme tendría que ser como la moraleja de las fábulas, dejando bien claro que “el crimen no paga” y que “el criminal nunca gana”, tal como la verdadera JUSTICIA debe garantizar.

La música no tendría que ser agradable como “Gotas de lluvia caen sobre mi cabeza” sino de acordes terroríficos (algo así como la compuesta por Bernard Hermann utilizada para la escena cumbre de “Psicosis”, dirigida por Alfred Hitchcock) y titularse “Gotas de m….. caen sobre mi conciencia”. Dado que son excrementos putrefactos los que, por culpa del comportamiento de tales individuos, se condensan en los pardos nubarrones que con tanta dedicación cuenta ahora quien fue el mentor de ambos. Lo malo es que también caen sobre las vidas de todos nosotros.

En la letra podrían aparecer también, como en el modelo original, las expresiones “soy libre” y “nada me preocupa”, pues ambos fueron libres para hacer y deshacer a su antojo y, por desgracia, siguen libres; además de que nada les preocupa, pues la “omertá” (que rige en el patio de Monipodio político que hoy es el territorio Hispano) les protege de alcanzar el merecido y seguro destino que les esperaría en un sistema verdaderamente democrático.

“DERECHO CIUDADANO A DECIDIR” (“DCID”) tiene claro el destino que merecen los individuos que actúan como lo han hecho los protagonistas de nuestro relato. Aquél que el Código Penal reserva a todos cuantos infringen los preceptos del mismo e incurren en los ilícitos tipificados en su texto.

Para que lo dicho en el párrafo precedente se convierta en realidad tenemos que luchar juntos con el fin de conseguir que los principios desarrollados y propugnados en el IDEARIO PROGRAMÁTICO, el CÓDIGO ÉTICO y los ESTATUTOS de “DCID” se apliquen de forma estricta en nuestra Patria.

¡NECESITAMOS VUESTRA COLABORACIÓN!

 

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

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