Home » Actualidad » LA AGONÍA DE UN RÉGIMEN CORROMPIDO

LA AGONÍA DE UN RÉGIMEN CORROMPIDO

Hacer clic para Descargar PDF

laagoniadeunregimencorrompido

En España, desde que se inició la que los más relevantes historiadores han denominado, de forma casi unánime, Edad Contemporánea, hemos padecido una sucesión de regímenes corrompidos en los aspectos éticos, políticos o económicos.

Tras las experiencias de la monarquía absolutista, la república federal, la monarquía parlamentaria, la dictadura militar, la república regida sucesivamente por el centro, la derecha, el socialismo y el frente popular y, por último, la autocracia franquista hemos podido comprobar que todos ellos estaban impregnados, en mayor o menor grado, de las más abyectas corrupciones. La Historia nos demuestra que lo antes expuesto no es una simple opinión subjetiva sino una realidad incontrovertible que, vez tras vez, ha hecho caer a los españoles en la más negra de las desesperanzas, sin detenerse a meditar que las clases dirigentes pertenecen al mismo cuerpo social de los ciudadanos, siempre dispuestos a la denuncia de la paja en el ojo ajeno sin apercibir la viga en el propio.

A finales de 1975 las inexorables leyes biológicas pusieron fin al último de los regímenes antes relacionados y muchos ciudadanos creímos ingenuamente que se abría una nueva etapa que podía calificarse, según los actuales parámetros, de régimen democrático moderno regido por seres “buenos y benéficos”, según rezaba la Constitución de 1812, cuyo apodo debió ser “La Breve” y no “La Pepa”. ¡Qué incautos fuimos! No supimos advertir que el cesto del nuevo régimen había que fabricarlo, como afirma el dicho popular, con los defectuosos mimbres de que disponíamos y que, según dice otro conocido refrán, “no hay más cera que la que arde”.

Fruto del chantaje a los anteriores caciques sostenedores del régimen franquista, de las trampas saduceas de algunos de sus jerarcas más relevantes, de las maniobras sinuosas de un encantador de serpientes (o tahúr del Mississipi como le llamaba el trilero mayor del reino, apodado “el Canijo”), la sandez de unos cuantos próceres del nuevo régimen, el sucio consenso propiciado en reuniones secretas por los lugartenientes de los dos principales partidos nacidos al amparo de la nueva etapa (nada de cien años) y las viles presiones de los independentistas periféricos, el pueblo español (teóricamente “soberano”, CE dixit) se vio empujado, sin información ni debate previos, a votar favorablemente un texto constitucional que puede considerarse como la partida de nacimiento del nuevo régimen al que se le llamó “democracia” por nacer disfrazado con los ropajes formales de sus hermanas de otros países, pero no estando dotado de los atributos que, desde las contribuciones a la ciencia política de Charles Louis de Secondat, señor de la Brède, permitirían considerarla como tal.

No sin razón uno de los dos artífices del apaño proclamó poco después que “Montesquieu ha muerto”. Y así fue, al menos, para la política española.

Con aquellos ingredientes era imposible cocinar el guiso democrático que anhelábamos catar gran parte de los españoles testigos, pero no protagonistas activos, de la llamada “Transición”.

Y, para mayor inri, los únicos artículos de la Constitución Española que se salvan de la ignominia perpetrada por los falsos “constituyentes” ni siquiera son respetados por los tres poderes del Estado (Legislativo, Ejecutivo y Judicial) fundidos en un abrazo de hermanos incestuoso que impide a los españoles el ejercicio de los derechos humanos y políticos teóricamente protegidos por su engañoso articulado.

Esto podría haber tenido solución si el llamado “Cuarto Poder” no hubiera sido abducido en gran medida por el Ejecutivo que, con la complicidad del Legislativo y el Judicial, ha establecido un espurio sistema de premios (concesiones y subvenciones) y de castigos (resoluciones administrativas y judiciales) que favorecen a los dóciles y penalizan a los rebeldes, hasta conseguir expulsarles de los medios donde pretenden cumplir la función fiscalizadora de los actos de los gobernantes contrarios a la ética o manifiestamente ilegales así como de los comportamientos públicos delictivos de la llamada clase política.

Después de aquél desaguisado fueron apareciendo en la escena nuevos individuos que solo buscaban vivir del cuento engañando a los votantes con seductores cantos de sirena. Solo unos pocos que, como Ulises, nos amarramos al mástil de la Razón, en aquella nave recién botada, permanecimos a salvo de la influencia de las susurrantes demagogias sin caer en las negras profundidades ocultas bajo las revueltas aguas de la política partidaria. Pero han transcurrido muchos lustros desde entonces y aún seguimos perdidos por los caminos que nos impiden retornar a una Patria, antes solo habitada en nuestros sueños.

En esta particular “Odisea” hemos tenido que resistir la empalagosa seducción de Calipso Suárez, el cruel ataque de los gigantes de la corrupción amigos del cíclope Polifemo González, los trucos igualitarios de la hechicera Circe Rodríguez que han transformado a muchos compatriotas en cerdos drogados por la desmemoria histérica, las artimañas malignas de Escila Pérez y Caribdis Sánchez que nos arrastran al abismo con sus respectivas pleitesías a ETA y la extrema izquierda populista. Y, al final, cuando creíamos que el ciego Homero (artífice del antiguo argumento) abriría los ojos a los habitantes de Ítaca España para evitar que los nuevos pretendientes de Penélope Democracia se la lleven al huerto del paraíso comunista, con la pretensión de heredar el territorio propiedad de la llamada soberanía popular, y con el único fin de convertirse en la nueva casta dominante, nos encontramos con una sociedad española víctima del síndrome de Estocolmo, que la lleva a aceptar las “caenas” impuestas por quienes dicen que pueden resolver los problemas pero es obvio que no quieren hacerlo.

“DERECHO CIUDADANO A DECIDIR” (“DCID”) pide ayuda a las personas decentes para que, unidos a Atenea Razón, a Eolo Coraje y a Zeus Justicia, triunfen las fuerzas del bien en esta batalla que será decisiva para el RENACIMIENTO de nuestra Patria. Si deseamos que nuestros respectivos Telémacos y sus hijos hereden una Nación verdaderamente democrática no nos podemos limitar, otra vez más, a ser simples espectadores sino que debemos construir en común el edificio de un País donde imperen la VERDAD, la HONRADEZ, la DECENCIA y la JUSTICIA.

El Régimen actual está corrompido y sus estructuras se van a derrumbar aplastándonos a todos bajo el peso del detritus que se ha ido acumulando, no solo en las cloacas del Estado (en las que con tanto placer actuaba el señor X) sino hasta en el desván, donde se guardan los cachivaches de la siniestra historia política de los últimos cuarenta años, junto a los ajados y putrefactos desechos del pasado más lejano. Tan grande es el deterioro que hasta las vigas de la techumbre del Congreso de los Diputados han amenazado con una inminente ruina a causa de filtraciones. ¿Es un hecho premonitorio?

¡OS ESPERAMOS PARA ENTRAR EN ACCIÓN!

 

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

laagoniadeunregimencorrompido02

laagoniadeunregimencorrompido03

laagoniadeunregimencorrompido04

De Poseidón Mas y Tiresias Rajoy hablaremos en otro artículo.