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LA AMENAZA SANGRIENTA DEL AUTOTITULADO ESTADO ISLÁMICO

 

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Las alarmantes noticias que recibimos a diario sobre el desarrollo de los acontecimientos en los países invadidos por las violentas hordas del que se presenta como Estado Islámico deberían ser suficiente acicate para que los gobernantes de las naciones de Occidente se pusieran manos a la obra de inmediato con el fin de atajar los crímenes que esa cruel cuadrilla de descerebrados fanáticos viene cometiendo allá donde se asientan. No pueden considerarse hechos aislados sin relación entre si pues, tal como los analistas políticos sensatos han manifestado, se trata de un plan perfectamente establecido por los poderes económicos que financian esa guerra abierta contra la única civilización que conocemos.

Las imágenes que circulan por las redes sociales y que los medios de comunicación tradicionales no se atreven a difundir, pretextando un falso sentido del pudor para no herir las sensibilidades de los lectores y televidentes, aunque en realidad siguen consignas oficiales u oficiosas que consideran políticamente incorrecto mostrarlas en público, son de tal crudeza que resulta necesario exponerlas a vista de los ciudadanos para que tomen conciencia de lo que les espera si esa CHUSMA INHUMANA llegara a dominar políticamente o por acción terrorista nuestras confiadas naciones, adormecidas por largos años de disfrute de una supuesta sociedad de bienestar que les ha arrebatado el único arma que puede combatir esa invasión: la conciencia ética de unas sociedades forjadas a lo largo de muchos siglos de Historia, que depositaron un sedimento cultural cuyo mejor activo es el reconocimiento de los derechos humanos y políticos de las personas que conforman los estados de nuestro mundo civilizado.

La radical defensa de esos derechos, condicionada al más estricto cumplimiento de todas las obligaciones por parte de quienes pueden ejercitarlos, es algo que debe impregnar las mentes de los habitantes de este Occidente que hoy sestea confiado y olvida cuán pronto puede perderse lo que tantos siglos ha costado conseguir. Hasta tal punto es importante esa defensa que merece la pena realizar cualquier sacrificio para conseguir que sea efectiva y no una simple entelequia, utilizando para ello los medios coercitivos, e incluso drásticos, imprescindibles que permitan lograr una participación activa y coordinada de todos los gobiernos.

Los instrumentos a emplear son de distinta naturaleza pero todos ellos dirigidos a la eficaz protección de nuestros valores y condiciones de vida: educacionales, formativos, legislativos, policiales, judiciales y militares. Pero las palabras no bastan, es obligado pasar a la acción implantando un plan de suficiente alcance para extirpar ese cáncer que extiende sus metástasis hasta los más recónditos rincones de la geografía de nuestros países.

Apuntamos, de forma somera, unas cuantas medidas que deberían implementarse de inmediato para evitar que el mal siga extendiéndose por nuestros cuerpos sociales y que, en consecuencia, el complejo organismo vivo de nuestra civilización muera infectado por esa enfermedad invasiva y se transforme en otro distinto donde ya no persista ninguna de las primitivas células, al haber sido devoradas por las nuevas.

Proponemos:

1ª) Aprobar un plan de formación que permita a los niños y jóvenes conformar con firmeza su propia conciencia, impregnándola con los valores de nuestra civilización.

2ª) Vigilar con eficacia el funcionamiento de los núcleos de población de origen islámico para detectar los focos en los que se genera la infección de esas creencias y costumbres incompatibles con nuestro modo de vida y con la legalidad vigente.

3ª) Expulsar sin contemplaciones a los imanes y otros clérigos islámicos cuyas pláticas y enseñanzas incitan a la violencia.

4ª) Desarticular todas las estructuras que han puesto en marcha los responsables de las comunidades islámicas para crear un sistema policial interno, que es manifiestamente ilegal, y unos tribunales al margen de la Administración de Justicia que pretenden aplicar las leyes islámicas sin atenerse al Ordenamiento Jurídico vigente.

5ª) Perseguir por los procedimientos legales a cuantos individuos utilicen la coacción y la amenaza para conseguir que las personas de origen islámico cumplan los mandatos de sus clases dirigentes, incluso aunque al hacerlo violen las legislación aplicable.

6ª) Imponer penas muy duras a los que utilicen medios delictivos, para alcanzar sus abyectos fines, disfrazándolos sin ningún pudor de proselitismo religioso.

7ª) No favorecer, mediante mecanismos que comporten aplicar criterios de discriminación positiva, a los integrantes de ese grupo étnico, social y religioso en claro detrimento de los ciudadanos oriundos de la Nación.

8ª) No aceptar chantajes emocionales de los islámicos cuando protestan manifestando que se sienten ofendidos al tener que convivir con los símbolos propios de la cultura, costumbres o religión de los demás ciudadanos, aunque éstos sean mayoría. Nunca deberá hacerse dejación de lo que es un patrimonio heredado por siglos de convivencia.

9ª) Obligar eficazmente a que toda la población islámica respete las manifestaciones culturales, sociales y religiosas de los demás grupos residentes en el País.

10ª) Expulsar a todos aquéllos islámicos que violen la ley siempre que no tengan la correspondiente nacionalidad y encarcelar, tras un proceso justo, a los que la hayan adquirido cuando cometan delitos.

11ª) No permitir la construcción de mezquitas financiadas por gobiernos o empresas estatales islámicas salvo que se suscriban y se respeten los oportunos tratados de reciprocidad entre los estados implicados. Mientras tanto deberán demolerse las que se hayan edificado contraviniendo lo prescrito por la Ley del Estado donde están ubicadas.

12ª) Vigilar que las mezquitas no se conviertan en centros de captación y adoctrinamiento de fanáticos a los que se les inculque, como si se tratase de un elemento religioso normal, el odio a los llamados infieles así como el culto a la guerra santa contra ellos y su práctica cotidiana. Deberán cerrarse en el caso de comprobar su utilización para tales fines.

13ª) No permitir la entrada de inmigrantes islámicos salvo que accedan a la nación de acogida con un contrato de trabajo o, al menos con un permiso de residencia temporal. Y, desde luego, siempre que se tenga constancia fehaciente de su país de origen y de la identidad del beneficiario.

14ª) No conceder la nacionalidad hasta haber transcurrido un cierto número de años censado en el país de acogida. En algunas naciones se exigen hasta cuarenta años, además de pruebas tangibles de que están acatando el orden jurídico y social establecido.

El “buenismo” que, durante las últimas décadas, ha imperado en los países del Orbe civilizado ha puesto en evidencia que esa política no es la adecuada para impedir el hasta ahora imparable avance del radicalismo islámico, que crece exponencialmente al amparo de las mismas armas proporcionadas por nuestros regímenes democráticos y los mecanismos de protección de los derechos fundamentales que ellos, muy bien asesorados por numerosos equipos de profesionales cuyos emolumentos provienes de los recursos económicos obtenidos por la venta del petróleo, han sabido aprovechar para afianzar sus raíces en nuestro cuerpo social.

No debe olvidarse que las personas decentes y buenas de la misma extracción racial que los terroristas islámicos y sus amos, más numerosas de lo que algunos piensan, son las primeras víctimas de esos excesos al verse obligadas a vivir cumpliendo unos rituales que no comparten, pues las fuerzan a respetar y compartir unas costumbres con las que no están de acuerdo. Pero el miedo a la reacción violenta de esos bárbaros y la permisividad de las autoridades públicas hacia los canallas que las mantienen esclavizadas, sin hacer nada para impedir sus desmanes, mantiene a esos seres sojuzgados en un estado de pánico digno de compasión. Si se les garantizara una protección efectiva serían los mejores aliados para acabar con esa mafia islámica que, a semejanza de los regímenes nazis y comunistas, pretende imponer ese viejo modelo de sociedad totalitaria controlada por la jerarquía de una casta religiosa anclada en la oscuridad del siglo VII. Hay que apoyarse también en los intelectuales que denuncian desde dentro esa aberración y luchan por conseguir que el mundo islámico entre la modernidad con el necesario espíritu de moderación y racionalidad.

Ya está bien de ser tolerantes con los intolerantes. Los ciudadanos tenemos la obligación de rebelarnos contra un estado de cosas que está propiciando el suicidio colectivo de nuestra civilización. Si queremos que nuestros hijos, nietos y descendientes sucesivos hereden los países tal como nos los legaron nuestros mayores, tendremos ya que tomar decisiones y forzar a los gobernantes a adoptar drásticas medidas, para detener la invasión de esa masa islámica teledirigida por los amos del dinero que les facilitan nuestros países al comprarles el petróleo que producen utilizando la tecnología de la industria occidental.

Solo así evitaríamos que el autoproclamado Estado Islámico se implante a sangre y fuego en las tierras que nuestros esforzados ancestros defendieron con sus vidas convencidos del destino que aguarda a los pueblos cuando mantienen firmes los principios del espíritu y no se dejan aherrojar por una turbamulta de alimañas fanáticamente ideologizadas.

Recordemos que hasta la doctrina consagrada por las diferentes Iglesias Cristianas acepta como mal menor la guerra defensiva. Si alguien alegara contra ese criterio el riesgo de producir daños y víctimas colaterales, basta con recordar que la inacción está provocando más muertes de inocentes en los países total o parcialmente invadidos por el terrorismo islámico. Como muestra basta contabilizar los mártires que han caído bajo las cimitarras, las hachas, los cuchillos o las armas de fuego de esos inmisericordes verdugos, en una orgía de sangre cuyo rojo caudal clama justicia.

¿Esperaremos sentados a que degüellen, decapiten o frían a balazos a quienes no se sometan a sus pretensiones de convertirse a la ideología (que no fe) islámica y se nieguen a abjurar de las ideas religiosas adquiridas desde la cuna o por un proceso reflexivo individual?

Desde aquí pedimos a los gobernantes de todas las naciones amenazadas que enarbolen la bandera de la defensa de ese tesoro que quieren arrebatarnos los hipócritas que promueven y utilizan el fanatismo de unas masas manipuladas y exaltadas, cuyos individuos han perdido los más elementales rasgos de humanidad en aras de los espurios intereses de quienes tan hábilmente manipulan sus mentes.

Les engañan con la falsa promesa de que así disfrutarán en el más allá de las mieles del paraíso coránico, aunque para alcanzarlo deban transformar en un infierno la vida de los fieles de otras religiones y de los no creyentes.

De no hacerlo así triste destino esperará a los pueblos que cometieron la torpeza de elegir a esa casta de cobardes sin meditar suficientemente las carencias de los programas electorales presentados por los partidos que los proponen como candidatos.

CONSEJO POLÍTICO PROVISIONAL DE DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

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I.V.P.