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LA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN DE LAS CONCIENCIAS

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Desde las fechas anteriores a la Transición, obviando las criminales acciones de las bandas terroristas, no se hablaba con tanta insistencia de la supuesta necesidad de una acción revolucionaria dirigida a cambiar radicalmente las estructuras sociales.

Recuerdo, sin añoranza, aquellas reuniones celebradas por los dirigentes de algunos partidos de la izquierda radical, unos recién creados y otros desempolvados de los desvanes de la Historia, en cuyos acalorados debates se propugnaba con ardor la transformación del orden imperante, incluso empleando también métodos violentos para conseguirlo si se considerara necesario.

El caldo común de aquélla “sopa de letras” (JGR, LCR, MCE, OCE, ORT, POUM, PST, PSUC, PSUM, PTE,…) era la defensa de la ruptura frente a la reforma. Hasta el mismo PSOE simpatizaba con esa tendencia revolucionaria que se extendió como una enfermedad contagiosa y pudo poner en peligro la existencia de la recién nacida democracia. Todos aquéllos partidos, que entonces pretendían dominar la escena política, desaparecieron en la sorprendente vorágine de los posteriores e impredecibles acontecimientos, sin conseguir representación parlamentaria o con una escasa presencia en los escaños del Congreso de los Diputados y el Senado. Muy pronto el PSOE derivó, de forma táctica y oportunista, hacia una visible política socialdemócrata, relativamente moderada.

Después de un largo período de calma se produjo, alimentado por la crisis económica y el paralelo desarme de valores éticos, un intenso “chapuzón” de “indignados” que anegó las plazas y las calles de España y ha hecho crecer como hongos numerosos especímenes que permanentemente hablan de la “nueva” revolución populista en los foros cerrados. En los abiertos procuran disfrazarse con piel de cordero. Aunque esa revolución no tiene nada de innovadora, por ser heredera del rancio comunismo que ya dejó amargas cicatrices a su paso por los cuerpos sociales de numerosos países y que, por desgracia, aún siguen dejándolas en otros. La inevitable consecuencia de quienes defienden esa doctrina totalitaria ha sido sumir en la ruina económica y la miseria moral a las personas víctimas de las grandes ideas “revolucionarias” de esas pandillas de “líderes” iluminados que quieren sustituir la casta política tradicional por la suya.

Creo firmemente que es necesaria una revolución que transforme la sociedad, enfangada hoy por la corrupción imperante y, desde luego, desmoralizada por la total falta de perspectivas que permitan alimentar la esperanza de superar algún día con éxito la actual crisis económica, política y ética, que se prolonga demasiado.

Para que esa revolución proporcione frutos positivos tiene que estallar inexorablemente en la conciencia de cada uno de nosotros. Su violencia debe ser de naturaleza muy distinta a la que propugnan los descerebrados y escasos de luces que nos quieren condenar al infierno de una sociedad fatalmente dividida por el odio. Su fuerza motriz debe ir dirigida hacia nuestros propios impulsos irracionales para evitar caer en la trampa de quienes, desde un lado u otro del espectro político, provocan un sentimiento de indignación no reflexiva en los ciudadanos.

Muchos pensadores han expresado, con palabras similares, la siguiente idea: “si queremos que todo cambie primero debemos cambiar nosotros”. Contra los que pretenden que todo cambie en las formas, para que todo siga igual en el fondo, y los que quieren cambiar las cosas a peor es necesario que, por el bien de España, triunfe en todos y cada uno de nosotros LA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN DE LAS CONCIENCIAS.

Las cabezas que es preciso cortar no son las de las personas que sostienen ideas contrarias a las nuestras, se comporten o no de forma malvada, sino que debemos arrancar de nuestros espíritus las miserias que nos impiden levantar el vuelo hacia un futuro prometedor. Cercenemos de raíz los egoísmos, las envidias, los rencores, los odios cainitas y todas aquellas bajas pasiones que nos conducen a la destrucción individual y colectiva. Dejemos de echar en cara a los demás sus defectos y aprestémonos a terminar con los nuestros. Ya está bien de criticar las propuestas de las otras opciones políticas sin aportar nada propio. No hay que ser “anti” nada, hay que ser “pro” algo. Trabajar en positivo es siempre más “rentable” para los seres humanos que hacerlo en negativo. Dejemos de destruir y procuremos construir.

“DERECHO CIUDADANO A DECIDIR” (“DCID”) es un Partido en el que no caben los derrotistas, los agoreros y los que piensan que todo está perdido. En nuestras filas nada tienen que hacer los individuos que se han desviado del recto camino de la VERDAD, los “sin norte” y los apáticos. Solo son bien recibidos los que creen que lo “imposible” es posible, que la utopía no es un sueño inalcanzable sino un estado al que deben tender tangencialmente todos nuestros esfuerzos, sean individuales o colectivos. Es la hora de dar un sonoro aldabonazo sobre las conciencias de los compatriotas con el fin de que, unidos en ese empeño, se abran de par en par las puertas de un futuro mejor para los españoles de hoy y las generaciones posteriores.

Los estridentes clarines de la VERDAD, la JUSTICIA, la HONRADEZ y la DECENCIA deben conseguir con su agudo y penetrante sonido no solo taladrar el muro que a veces encierra el cerebro sino también convocar a todos los que creen que LA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN DE LAS CONCIENCIAS es el único camino a seguir si queremos dirigir el rumbo hacia la LIBERTAD, ejercida siempre en el seno de una verdadera DEMOCRACIA que se sustente en los PRINCIPIOS, no en esos simples y hueros formulismos a los que nos aboca la mera celebración de comicios periódicos.

TE NECESITAMOS PARA QUE CONTRIBUYAS AL ÉXITO DE LA ÚNICA REVOLUCIÓN QUE NO PERSIGUE LA MUERTE SINO LA VIDA. ¡ÚNETE A NOSOTROS!

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

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“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo” (León Tolstói)

“Debes ser el cambio que deseas ver en el mundo(Mahatma Gandhi)

“Quería cambiar el mundo, pero he encontrado que lo único que puedes cambiar seguro es a ti mismo” (Aldous Huxley)

“El mundo cambia en proporción directa al número de personas dispuestas a ser honestas con sus vidas” (Armistead Maupin)

“Yo sola no puedo cambiar el mundo, pero puedo tirar una piedra al agua para crear muchas ondas” (Madre Teresa de Calcuta)