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LA GRAN HIPOCRESÍA DE LOS FALSOS PROGRES IZQUIERDISTAS Y LOS INDEPENDENTISTAS “ANTITAURINOS”

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Entre las tradiciones que la cínica progresía izquierdista pretende borrar del territorio español, ha mucho conocido por amplias capas sociales como “la piel de toro”, cabe resaltar la lidia por su destacada historia, por lo arraigada que está entre las costumbres populares y por su influencia, en la mayor parte de los países de habla hispana y, además, su indudable peso sobre las diversas manifestaciones de la cultura: Arquitectura, Escultura, Pintura, Música, Danza, Literatura (Poesía y Teatro incluidos), Cine y Tebeos.

En los últimos tiempos algunos destacados dirigentes de los radicalizados grupos políticos de la vieja izquierda se han incorporado a la violenta corriente “antitaurina”, abandonando las anteriores señas de identidad entroncadas en las raíces de su primitivo carácter españolista y se han sumado a las necias propuestas de las disgregadoras fuerzas independentistas en pro de prohibir por ley las corridas de toros. Lo que en principio parecía ser un descabellado proyecto propuesto al Parlamento de Cataluña, triunfó en las votaciones impidiendo así la continuidad en suelo catalán de un espectáculo muy arraigado hasta entonces; muy especialmente en su capital, Barcelona, que tiempo atrás contó con tres plazas de toros.

Los motivos argüidos están teñidos de una hipocresía rayana en el afán liberticida. Quienes dicen sentirse militantes de los movimientos ciudadanos que luchan contra el maltrato de los animales hablan sin tregua del enorme sufrimiento de los toros durante la lidia, sobre todo en los denominados tercios de banderillas y de muerte, resaltando siempre el momento de llevar a cabo los sangrientos descabellos y puntillazos, que tienen lugar a veces cuando el toro no muere a causa de la estocada del matador. Pero la mayoría de los que atacan a la conocida como Fiesta Nacional no protestan contra otros espectáculos mucho más crueles y absurdos, desde la perspectiva racional, que carecen plenamente de estética. Es el conocido caso de los toros embolados (correbous, en catalán).

Muchos de los que manifiestan su deseo de poner coto al sufrimiento de los animales, sin ser vegetarianos (y que, por tanto, son habituales consumidores de carne de animales que podrían deambular, nadar o volar por tierra mar o aire, respectivamente) nada dicen del dolor que experimentan los atunes cuando se les captura con almadraba para después descuartizarlos, las gallinas cuando son forzadas a una intensiva producción de huevos o bien desplumadas en vivo, las vacas obligadas a producir en estabulación ingentes cantidades de leche o bien sacrificadas sin piedad en el matadero, los caracoles al ser introducidos con vida en agua que se calienta poco a poco hasta la ebullición, las almejas y ostras devoradas en crudo después de verter sobre ellas unas gotas de ácido limón y tantos otros integrantes del reino animal cuyas vidas inmolamos para así ofrecer, a la mayoría de los consumidores, una alimentación variada.

Y a los amantes de los animales que se proclaman solo comedores de productos vegetales es conveniente recordarles lo mucho que sufren los pobres virus y las infelices bacterias (¡animalitos!) cuando ingieren medicamentos, cuyo objeto es poner fin a la natural y placentera existencia que disfrutan esos microscópicos seres dentro de nuestros cuerpos, para atajar los efectos de las diversas enfermedades que provocan. Ya está bien de esa demagogia barata que induce a esos falsos defensores de la vida y la integridad de los animales a mirar con lupa unos supuestos y correr un tupido velo sobre otros.

Es paradójico que la práctica totalidad de esos seres benéficos y caritativos no defiendan con igual brío la vida de las personas desde su concepción e incluso apoyen la práctica del aborto libre. ¿Es que los humanos no nacidos no sufren cuando se les despedaza en el seno materno o se les extrae sin piedad, mediante métodos mecánicos o neumáticos, de los úteros donde teóricamente estaban protegidos hasta el momento del alumbramiento? Tienen un rostro que se lo pisan, como dicen los castizos, y menos conciencia que una ameba.

Los aficionados y profesionales de la tauromaquia ya han expuesto numerosas veces sus argumentos en pro de la fiesta y se podrá estar o no de acuerdo con ellos cuando alegan cuestiones relativas a la pervivencia de la raza del toro bravo, que solo existe por y para la lidia; a la subsistencia de un sistema ecológicamente estable en los campos donde pastan esos nobles rumiantes; a la multitud de personas que tienen un puesto de trabajo gracias a mantener activo el mundo taurino y a la enorme e innegable contribución del conocido como Arte de Cúchares en el campo de las llamadas Artes Superiores Clásicas (Arquitectura, Escultura, Pintura, Música, Danza, Literatura) y otras modernas (Cine, Tebeos). Y volvemos a citarlos de forma genérica porque es prácticamente imposible detallar la infinidad de manifestaciones artísticas que han nacido gracias a la existencia de las corridas de toros y de las actividades que se desarrollan en torno a ellas. Ni siquiera la magna obra “Los Toros. Tratado técnico e histórico”, dirigida por José María de Cossío y Martínez-Fortún, cuya primera edición data de 1943, ha conseguido recopilar todo lo relativo a esa materia.

¿Por qué no dicen la verdad con toda su crudeza? No son las razones esgrimidas en escritos, tertulias y entrevistas las que impulsan a esa caterva de falsos progres izquierdosos y a los independentistas “antitaurinos” a intentar acabar con las corridas de toros y, por ende, con el sustento de quienes viven de su mantenimiento, así como del derecho a disfrutar con ellas que tienen los numerosos aficionados y los menos abundantes estudiosos de ese emocionante espectáculo, muy complejo para ser comprendido en su plenitud por los no iniciados.

En realidad, lo que les molesta es el hecho de que, en la percepción de los ciudadanos, “los toros”, como popularmente se les denomina, son una Fiesta Nacional (es decir, española) y ahí está el quid de la cuestión. Su odio a España les lleva a atacar todo lo que tiene un inequívoco aliento propio de nuestra Patria, bien se haya alcanzado por tradición histórica o por folklore entroncado en lo más profundo del ser de una gran parte del pueblo, incluso en el caso de quienes no se sienten especialmente atraídos por la incuestionable estética de tan fulgurante espectáculo. Para remate, que aumenta su fobia, el entorno taurino despierta el fervor de los maestros y sus acompañantes hacia los símbolos religiosos católicos pues en el momento de la verdad siguen implorando la protección a los pies de un crucifijo o de una imagen de la Virgen. Y eso ya es demasiado para esa pandilla de descreídos que no respetan ni la opinión ni los sentimientos de sus conciudadanos.

En “DERECHO CIUDADANO A DECIDIR” opinamos que lo ocurrido en Cataluña, que se quiere extender a las restantes regiones, es un intolerable ataque a la libertad de las personas que nos produce profunda indignación por violentar el espíritu sustentador de nuestros principios. Esos redomados falsarios hablan mucho sobre la defensa de los derechos de las minorías, pero solo cuando los grupos en que se integran están en esa situación porque cuando alcanzan la mayoría imponen su rodillo de manera implacable. Y en este caso, aunque está por ver si los defensores de mantener y respetar las actividades taurinas son minoría o mayoría (circunstancia esta última que, sinceramente, estimamos se da en el debatido asunto) quieren imponer su voluntad a los demás sin razones de peso, demostrando así su verdadera naturaleza totalitaria.

Proponemos que no se promulguen leyes que prohíban el ejercicio de la tauromaquia y, en consecuencia, no se proceda al cierre de los cosos donde tiene lugar la tradicional lucha de poderes entre un hombre de temple y una hermosa bestia, ante los asombrados ojos del público que voluntariamente acude a contemplarla. Y quien no quiera asistir a verlo que no acuda a la plaza pero, por favor, que deje tranquilos a los demás y no siga incordiando ante la pasividad culpable de los poderes del Estado y mareando la perdiz con unos retorcidos argumentos, cuya sinceridad queda en entredicho cuando se analiza su comportamiento en los ámbitos social y político.

Por cierto, se viene comentando en los diversos foros que la célebre Plaza de Toros Monumental de Barcelona podría ser cedida a una entidad islámica (seguramente sufragada por el gobierno de alguno de los países protectores de los imanes radicales) para transformarla en una gran mezquita. ¡Qué bien les va a venir! No para la práctica pacífica de los ritos mahometanos, sino como lugar de adoctrinamiento y difusión de unas ideas que son contrarias a los valores de nuestra sociedad de tradición y creencias mayoritariamente cristianas.

¿Protestarán esos “intelectuales” cuando en ese lugar se pase de lidiar a unos animales nacidos para ello, porque si no desaparecerían en breve plazo, a promover la guerra santa y el cruel asesinato de los creyentes de otras religiones (y los no creyentes en ninguna) con el declarado propósito de eliminar a los “infieles”? Si no lo están haciendo ahora cuando ocurre en otras latitudes, menos lo van a hacer en el futuro; si es que antes no han sido degollados o decapitados, al igual que otros muchos.

Consejo Político Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

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I.V.P.