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LA PARADA DE LOS MONSTRUOS: CINCO PESADILLAS EN CARPETOVETONIA COUNTRY

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Cierto día de hace cincuenta años me descubrí sobresaltado y cubierto de sudor, como ocurre cuando has tenido una pesadilla y te despiertas en el punto culminante de los aconteceres oníricos.

Caminaba por las tierras de España y me encontraba con escenas escalofriantes entre las que resaltaban, como si se tratara de una sucesión de inquietantes flashback cinematográficos, las siguientes: unos policías a caballo perseguían a muchachos por el campus universitario para aporrearles sin piedad; se detenía a unos ciudadanos por el mero hecho de expresar su opinión contraria al régimen; se encarcelaba a varios obreros por defender sus condiciones de trabajo sumándose a una huelga pacífica; se retenía a personas sin respetar sus más elementales derechos; se maltrataba a detenidos para arrancarles confesiones ciertas o falsas; se “caían” accidentalmente por la ventana algunos visitantes forzosos de las dependencias de la Dirección General de Seguridad; se dinamitaba la sede de un periódico por publicar artículos que eran considerados ofensivos para las jerarquías del Estado; se censuraban obras literarias y artísticas imponiendo duras sanciones a los autores, editores y promotores; y así seguían sucediéndose hechos que producían escalofríos a las personas que desde la simple razón no pueden comprender tantos y tan variados desmanes.

Y en eso, tras un estremecimiento, creí despertar de la pesadilla, pero no era tal, era la cruda realidad que me rodeaba. Los monstruos que deambulaban por mis recuerdos no eran producto del subconsciente ni tenían más interpretación freudiana que el simple análisis sensorial de las desagradables circunstancias de aquellos grises años de plomo.

Llegó la llamada Transición, alcanzó el poder el personaje que más tarde vino en conocerse como el “señor X”, y la mayoría absoluta conseguida en las elecciones ensoberbeció a todos los dirigentes de su partido, incluido él mismo, volviendo a sucederme algo parecido a finales del primer lustro de la década de los años noventa del pasado siglo.

Otra vez sentí la misma angustia de años atrás y en mi deambular por las tierras de esa España, supuestamente democrática, se repitió el fenómeno. Ahora cambiaba el escenario pero se sucedían hechos casi igual de alarmantes: desde la cúpula del poder se estructuraban mafias dirigidas a conseguir delictivamente dinero para el partido en el gobierno que, de paso, también iba a parar a los bolsillos de los “gestores”; se compraba el voto de los ciudadanos residentes en las zonas más desfavorecidas de España repartiendo subvenciones varias utilizando el llamado Plan de Empleo Rural (PER); se organizaban desde el Estado bandas de delincuentes (GAL, Cuartel de Intxaurrondo) que decían luchar contra los terroristas, aunque fuera utilizando sus métodos y secuestrando o asesinando incluso a víctimas inocentes; se expropiaba ilegalmente, con la complicidad de algunos magistrados del Tribunal Constitucional, los bienes de un holding de empresas cuyas propiedades eran cedidas (por cantidades irrisorias) a amigos de los políticos; se permitía y se fomentaba la corrupción extendiéndola por todas las instituciones (Banco de España, Bolsa de Madrid, Boletín Oficial del Estado, Cruz Roja, Dirección General de la Guardia Civil, Junta de Andalucía); se perseguía a los periodistas críticos con el poder por el simple hecho de denunciar sus corruptelas y los crímenes de Estado, llegándose incluso a forzar la expulsión de algunos directores de diarios relevantes y el cierre de determinados medios de comunicación (tanto impresos como audiovisuales). Y así hasta el infinito.

Pero, por desgracia, tampoco era un sueño macabro y la realidad volvía a demostrarse más cruel que la peor de las pesadillas.

Después de un período donde reinó cierta tranquilidad se reprodujo la desagradable experiencia a finales de la primera década del presente Siglo XXI. Con la segunda arribada al poder de la izquierda (falsamente democrática) tuve una recaída que aún me produjo mayor desasosiego que las anteriores. Esta vez sentí los latidos de mi corazón dominados por una creciente arritmia, pues los sucesos que creía fruto de mi imaginación onírica siguieron mostrándose poco tranquilizadores: se organizaba desde las cloacas del Estado un siniestro golpe que provocaba casi doscientos muertos y centenares de heridos con el fin de propiciar un giro político radical; el Presidente del Gobierno y su cuadrilla se cargaban de un plumazo la Ley de Calidad de la Enseñanza, el Plan Hidrológico Nacional, la celebración en España de las reuniones para firmar el nuevo Tratado de la Unión Europea (con grave quebranto para la economía de nuestra Patria); se incumplían los compromisos internacionales adquiridos y se retiraba la ayuda militar para acciones humanitarias a desarrollar en el Medio Oriente; se negociaba con los terroristas de ETA un “proceso de paz” que realmente significaba la rendición ante la banda armada; se proclamaba el aborto como un derecho de la mujer y se facilitaba su práctica hasta el extremo de financiarla con recursos de la Seguridad Social y permitirla a las menores, sin autorización paterna; se aprobaba una ley que definía la unión de homosexuales como “matrimonio” abriendo la posibilidad de la adopción a las parejas de esa naturaleza; se nombraba ministras a mujeres de una incompetencia manifiesta por el pretexto de implantar las desafortunadas “cuotas” (episodios de la compra de zapatillas para regalar a parejas de jóvenes a fin de que caminasen para buscar vivienda, “soluciones habitacionales”, deseos manifiestos de colgar de la catenaria a cierta política de la oposición); se escuchaban estupideces como: “antes partía que doblá”, “el dinero público no es de nadie”, “el no nacido es un ser vivo pero no un ser humano”; con el pretexto de conseguir la igualdad se introducían en el Ordenamiento Jurídico discriminaciones positivas que ahondaban en la desigualdad ante la Ley; se abría la caja de los truenos de las revisiones de los Estatutos de Autonomía; se manifestaba públicamente que se aceptaría sin más cualquier decisión que aprobase el Parlamento Catalán (aunque luego se traicionó a los compañeros de Partido); se declaraba sin pudor que “la Nación es un concepto discutido y discutible”; se hacía la vista gorda contra las graves alteraciones del orden público; se derrochaba dinero de todos los españoles en gastos superfluos e inversiones innecesarias y no productivas que hacían crecer exponencialmente el índice de desempleo; se negaba irresponsablemente la existencia de la crisis económica. Y más y más y mucho más.

Nuevo sobresalto que no era producido por un brusco despertar sino por la constatación de que toda esa serie de miserias no habían sido el resultado de una pesadilla sino los amargos frutos de la desazonadora realidad que imperaba en el acontecer político.

Por cuarta vez se repitió la funesta experiencia que tanto sobresalto me causa cuando vuelve a producirse. Ahora había llegado al poder cierta organización política que en su programa electoral decía defender ideas y proyectos muy en consonancia con lo que deseaba una significativa parte de españoles. Y por eso alcanzó una amplia mayoría de votos en todos los ámbitos. Una vez superados los primeros meses de euforia esperanzada llegó el momento de sufrir la angustia de las falsas pesadillas y ante mi desfilaron inmisericordes imágenes que nunca sospeché: subida confiscatoria de impuestos que contradecía la prometida durante la previa campaña; mantenimiento del infamante “proceso de paz” iniciado por el anterior gobierno; salida de presos detenidos por la comisión de actos terroristas y de asesinos múltiples, al mantenerse los poderes del Estado inactivos ante los tribunales europeos y no evitar que se aboliera la llamada “doctrina Parot”; falta de protección a las víctimas de los delitos y, en especial, a las de las bandas terroristas; retirada del proyecto de la “Ley de protección de la vida y de ayuda a la mujer embarazada” que pondría fin a la vigencia de la anterior “Ley del aborto”; incumplimiento de la promesa de aprobar una ley que garantizase la independencia del Poder Judicial, con el fin de permitir que los jueces y magistrados elijan a la mayoría de los miembros del Consejo (como impone el texto constitucional); cesión de gran parte de los fondos del Archivo Histórico de Salamanca a la sediciosa Generalidad de Cataluña; rendición ante el chantaje de los independentistas catalanes a cuyos máximos dirigentes se les facilitan fondos adicionales para cubrir los agujeros negros provocados por su ineficaz gestión; tolerancia para la celebración de la consulta ilegal realizada en Cataluña y para permitir el incumplimiento de las leyes por parte de los responsables de sus instituciones (no exhibición de la bandera nacional, imposición abusiva y totalitaria del uso de la lengua catalana, quema pública de símbolos de España, prohibición del uso del español, adopción de acuerdos manifiestamente ilegales); más vista gorda sobre las alteraciones del orden público; actitud institucional débil, tolerante y conciliadora (de facto) ante los casos de corrupción internos y externos (Gürtel, Bárcenas, Pretoria, Cajas de Ahorro, participaciones preferentes, ERES, fondos para los cursos de formación, minas de Aznalcóllar, Palacio de la Música de Barcelona, familia Pujol, UDC, Urdangarín y esposa); se aumentaba hasta límites peligrosos la deuda pública; no se reformaba la LOREG para evitar con su nuevo texto que los candidatos y elegidos dependan únicamente de las cúpulas partidarias y conseguir con ello que respondan ante los ciudadanos a quienes deben servir; y tantas, tantas cuestiones que no caben en este breve resumen.

Sudores, escalofríos, sensación de ansiedad y otra vez a verificar que no se trataba de una pesadilla sino de hechos, hechos, hechos…

Y, de nuevo, vuelta a empezar. Llegan las Elecciones Municipales y Autonómicas de 2015 y el fenómeno se repite con más virulencia, si cabe, pues una sucesión alocada de sucesos(¿“déjà vu”?) se presentan ante mi percepción de forma casi surrealista: una nueva casta pretende sustituir a la antigua y aprovecha las manifestaciones de indignación espontáneas para organizar sin trabas su estrategia de acceso al poder; un partido que se declara de izquierda moderada desplaza al más votado con el apoyo de otros de la izquierda radical; llegan a ocupar las más altas magistraturas de algunas instituciones ciertos individuos que militan en el más peligroso antisistema (Alcaldías de Madrid, Barcelona, Valencia, Pamplona, Cádiz); se nombra para puestos de responsabilidad a gentuza vulgar que se ha caracterizado por difundir expresiones de incitación a la violencia o realizar acciones delictivas o indecentes (organizar escraches ante los domicilios particulares de personas públicas, impedir las acciones que la policía llevaba a cabo por orden judicial, escribir mensajes por WhatsApp incitando sin medida al maltrato, al empalamiento o al asesinato de algunos políticos, exhibición de la palabra odio tatuada en un puño, orinar en público, asaltar capillas y templos propiedad de la Iglesia Católica pronunciando gritos e insultos soeces y con actitudes indecentes y profanadoras); los dirigentes de esa nueva hornada de comunistas bolivarianos (tan vetustos y caducos como los de antes) protagonizan en poco tiempo un número de hechos ilegales, delictivos, antiéticos y antiestéticos que dejan pequeño al de los cometidos por los pertenecientes a la vieja casta que quieren sustituir por la suya (nombramientos de familiares y amigos para ocupar cargos cuyo desempeño requiere cualificación especial, fraude fiscal, prevaricación, malversación de caudales públicos); la principal organización del nuevo movimiento populista se financia con dinero proveniente de las dictaduras bolivarianas o de regímenes donde la autocracia islamista implanta su dictadura del terror. Suma y sigue.

De nuevo la misma sensación que se produce al despertar de una pesadilla y la desazón de comprobar que las imágenes no son fruto de un sueño sino la espantosa realidad que toca vivir.

Los monstruos han enturbiado los momentos felices de mi vida familiar y parece que no quieren dejar de hacerlo, al menos por ahora. Pero no se trata de esos monstruos de ficción con que, sobre todo, la productora cinematográfica UNIVERSAL PICTURES nos entretenía en los cines de barrio de nuestra infancia. Aquéllos eran casi amables, enternecedores y humanos al lado de estos monstruos que no son producto del sueño de la razón (como don Francisco de Goya y Lucientes titulaba alguno de sus aguafuertes) sino extraídos de la realidad política de ese largo período que he rememorado para escribir el presente relato. Estos son mucho más peligrosos porque no son fruto de la ficción ni del sueño y circulan libremente por nuestro entorno sin que los ciudadanos responsables digan:

¡YA BASTA, HASTA AQUÍ HA LLEGADO LA IGNOMINIA QUE HEMOS TENIDO QUE SOPORTAR ESTOICAMENTE!

Hay que mandar a hacer puñetas a tanto indeseable y, sobre todo, a muchos que las lucen en su ropa de trabajo pues, al ser designados por los políticos corrompidos y corruptores, se convierten con su servil comportamiento en fieles cumplidores de los dictados de quienes los han promovido a sus altos cargos, adulterando la Administración de Justicia con resoluciones incongruentes e incluso prevaricadoras y traicionando, con ello, al pueblo soberano de donde emanan sus poderes.

“DERECHO CIUDADANO A DECIDIR” (“DCID”) quiere acabar de una vez por todas con estas “pesadillas” que no son tales sino una realidad que será preciso eliminar si no queremos que ella acabe con nosotros y destruya España.

Las personas decentes estamos obligadas a coger simbólicamente la antorcha que los incinere, la estaca que se clave en sus podridos corazones y, sobre todo, el sol que ilumine (logotipo de “DCID”) lo que tan celosamente quieren esconder en la sombra para que los votantes honrados no se den cuenta de la putrefacción que los domina. Los nobles principios y elevados valores que proclaman el IDEARIO PROGRAMÁTICO, el CÓDIGO ÉTICO y los ESTATUTOS de “DCID”, unidos a un comportamiento honrado y decente, son las armas que deberemos manejar para exterminar políticamente a esa plaga de inmundos monstruos que han venido imponiendo su acción de gobierno (más bien de desgobierno) desde mucho antes de la tan cacareada Transición y cuyo maligno comportamiento impide que triunfen en el suelo patrio la VERDAD, la JUSTICIA, la HONRADEZ y la DECENCIA.

SI CREES QUE ESPAÑA PUEDE RENACER… ÚNETE A NOSOTROS.

           

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR DCID

El Partido del Siglo XXI

 

APRENDICES DE MONSTRUOS, UNOS PARDILLOS AL LADO DE LOS QUE PULULAN POR LA POLÍTICA:

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