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LOS “APÓSTOLES” DE LA PAZ

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         Cada vez que se produce un atentado terrorista y los gobiernos de los países afectados por el mismo deciden adoptar medidas para combatir a quienes son responsables de esas viles acciones o, simplemente, anuncian que van a adoptarlas, aparecen individuos que en solitario o en grupo se pronuncian en contra de su aplicación manifestando el deseo de negociar para alcanzar la paz que anhelamos todos.

 

         De continuo invocan la existencia de agravios procedentes de las naciones que un día “invadieron”, según ellos afirman, territorios de su propio país (es el caso del terrorismo etarra y otros varios surgidos en territorio español) o colonizaron “despóticamente” zonas que hoy forman parte de países ajenos (caso del terrorismo yihadista y otros de igual calaña).

 

         Unas veces sueltan sus exabruptos orales individualmente en declaraciones públicas, en debates radiofónicos o televisivos donde intervienen con sorprendente frecuencia, así como desde la tribuna de algunos actos públicos. Otras lo hacen en manada, de consuno con quienes comparten sus peregrinas teorías, con inusitada violencia verbal, e incluso física, que contradice de forma ostensible esas declaradas ansias de paz. También en sus escritos publicados mediante los soportes tradicionales (libros, artículos e incluso panfletos) o por los medios electrónicos e informáticos que utilizan las redes sociales (servidores de mail, Facebook, Twitter, mensajería telefónica, WhatsApp y otras varias).

 

Las bibliotecas, las hemerotecas y los indiscretos archivos audiovisuales permiten conservar en sus entrañas múltiples ejemplos de la diarrea mental que caracteriza las deyecciones cerebrales de esos seres con las neuronas averiadas que se adjetivan a sí mismos como “intelectuales”.

 

Uno de los “mantras” repetidos con insistencia por esa cuadrilla de falsos demócratas es que los conflictos provocados por la canalla terrorista con sus violentas acciones hay que resolverlos por la vía del diálogo y la negociación. ¡Hipócritas redomados! “Hablando se entiende la gente” dicen algunos de ellos que incluso han ostentado las más altas magistraturas en España. Y se quedan tan “panchos” después de evacuar esa estupidez.

 

Para dialogar es preciso que las partes tengan voluntad de llegar a  acuerdos sin utilizar, con el objetivo de imponer sus inconmovibles criterios, las amenazas, las coacciones o los chantajes. Además, no se puede negociar con quién no está dispuesto a ceder ni un ápice para aproximar las posiciones iniciales, renunciando a los aspectos secundarios de sus tesis para alcanzar un acuerdo en lo sustancial.

 

Y un Estado de Derecho, que se rige por un Ordenamiento Jurídico establecido democráticamente, no debe ceder nunca por debilidad o miedo ante los que utilizan la violencia como único argumento. Los españoles hemos contemplado con gran estupor cómo durante estos últimos años los poderes públicos han claudicado (“se han bajado los pantalones”, según la habitual expresión popular) ante los terroristas de ETA, sus cómplices y sus palmeros.

 

 Hoy ciertos políticos infames se vanaglorian de haber conseguido que los sicarios de esa secta sangrienta no maten, pero ocultan la realidad de que los asesinos y sus defensores han alcanzado ya la mayor parte de los fines que pretendían: ocupan puestos en diversas instituciones políticas del Estado, reciben del Erario Público subvenciones y retribuciones y tienen acceso a información confidencial (material sensible, según los servicios de inteligencia). Para más inri,  no se han desarmado, no se han arrepentido, no han pedido perdón a sus víctimas y no han colaborado con las Fuerzas de Orden Público o la Judicatura para esclarecer los crímenes cometidos.

 

Es decir que no han sido derrotados, como afirman quienes propiciaron y consintieron la situación actual sino que nos han vencido en toda regla. Basta analizar con una mirada no demasiado crítica los últimos resultados electorales que han obtenido en Vascongadas y Navarra.

 

 Que les pregunten a las víctimas (reales, no ficticias, acomodaticias o con síndrome de Estocolmo) de sus salvajes atentados si ahora, al ver a los terroristas en libertad y a sus cómplices e incluso a ellos mismos ocupando cargos públicos, se sienten protegidas por el Estado y creen que se ha hecho JUSTICIA (así, con mayúsculas).

 

Pero retomemos el asunto inicial y pasemos de nuevo a evaluar las tesis almibaradas de los cretinos (perdón, quise decir “intelectuales”) que quieren arreglarlo todo con flores y palabras huecas que demuestran su demagógica y abusiva utilización de las supuestas pasadas “responsabilidades” de todos los países antaño colonizadores (a los que meten indiscriminadamente en un mismo saco sazonado de mentiras) para justificar los actos criminales de los terroristas. Como si las hipotéticas culpas de otros liberaran a los terroristas islámicos de ser culpables de los espantosos crímenes que vienen cometiendo.

 

Siempre pensamos que la única negociación posible con los siniestros seguidores del Islam era la que llevaron a la práctica los antiguos Reinos de España, como se narra en los anales de su  verdadera Historia.

 

 Un magnífico ejemplo a resaltar es el de Don Jaime I el Conquistador, glorioso y renombrado monarca de Aragón, que consiguió alcanzar la paz en Mallorca, Valencia y otros territorios gracias a sus brillantes acciones bélicas contra los sarracenos.

 JaimeI

Así negociaba la paz Jaime I el Conquistador, Rey de Aragón

 

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) no rechaza coger el guante lanzado por esos “apóstoles” de la paz y hace la siguiente propuesta:

 

Constituyan, los defensores del diálogo con los terroristas del Islam, una amplia y nutrida Comisión y ofrezcan su altruista colaboración al Estado para que les traslade a Siria en unos aviones especiales de las Fuerzas Aéreas, arrojándoles en paracaídas, con el fin de que inicien una emocionante ronda de amplias negociaciones con los gerifaltes del terrorismo yihadista. La opinión pública es conocedora de los más conspicuos nombres de los candidatos a ser miembros de la misma, por lo que no caben escaqueos de última hora.

 

Eso sí, les aconsejamos que no lleven distintivos que les identifiquen como fieles de otras religiones distintas de la mahometana o, en su caso, no dejen traslucir que son ateos, agnósticos o simplemente descreídos, so riesgo de ser inmediatamente ahorcados, degollados o quemados vivos.

 

 Si hubiera componentes de la Comisión que fuesen homosexuales (en caso de tener fenotipo de varón) o lesbianas (en caso de tener fenotipo de hembra) será mejor que se lo callen…por si las grúas. Las mujeres deberán ir provistas de burka o, al menos, de chador, niqab, hijab u otros símbolos de la esclavitud femenina y estar calladitas demostrando además una total sumisión a los hombres y, desde luego, no ser conocidas por sus prácticas adúlteras o de adictas al amor libre…por si las piedras.

 

Si logran superar los obstáculos que pueden poner en peligro la misión pacificadora les deseamos mucho éxito y esperamos que consigan transformar en demócratas a sus interlocutores, para que se conviertan a la fe que nuestros ínclitos negociadores dicen profesar: LA PAZ. Mientras no resulte ser la de los cementerios, bienvenida sea.

         Pero como dudamos muy mucho (como dicen los cursis asesinos de la gramática española) de que esa tarea se vea al fin culminada con éxito, una vez hayan sido cruelmente degollados por esas “inocentes” víctimas de la “maldad” de los países del Mundo libre (o imperialistas, según la manifiesta opinión de los fieles del “pacifismo”) que no se vayan preocupados a cumplir su alta misión porque les prometemos poner flores y velitas lo más cerca posible de los lugares donde hayan caído asesinados como mártires de la furia pacifista. Allí no, desde luego.

 

         Así, por lo menos nos veremos libres de esa plaga que actualmente asola nuestras ciudades inundando los escenarios de teatro, los platós, las productoras de cine, los estudios televisivos, las emisoras de radio y, con demasiada frecuencia, la calle. Ello serviría de ejemplo a los demás para que no den más la lata con la monserga de las “enormes culpas” que arrastran desde hace siglos las naciones occidentales y no sigan cantando las bondades de una negociación imposible que se presenta como la panacea para alcanzar la paz con unos fanáticos que solo pueden ser derrotados aplicando todos los recursos de nuestro poderío tecnológico y militar.

 

La razón está de nuestra parte, como demuestran sin duda alguna las teorías filosóficas que amparan los valores de la civilización a la que pertenecemos. Hasta la Iglesia Católica, que hoy no se mueve en las coordenadas de la Edad Media, como ocurre con los seguidores del Corán, admite la práctica de la guerra justa cuando solo se pretende preservar la vida de los ciudadanos atacados sin motivo alguno, además del inmenso patrimonio cultural y los valores que dotan de sentido a las sociedades democráticas del Siglo XXI.

 

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional de

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

 rusos

Un equipo de buenos “negociadores” rusos prestos a alcanzar la paz en Siria

 

DOCUMENTO ANEXO

 

Se adjunta la transcripción del texto titulado “La legítima defensa” del ARTÍCULO 5 (EL QUINTO MANDAMIENTO) del CAPÍTULO SEGUNDO (AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO) de la SEGUNDA SECCIÓN (LOS DIEZ MANDAMIENTOS) de la TERCERA PARTE (LA VIDA DE CRISTO) del vigente CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA publicado por la CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA <<FIDEI DEPOSITUM>>, dada el 11 de octubre de 1992 bajo el pontificado de Juan Pablo II.

 

<<La legítima defensa

 

2263  La legítima defensa de las personas y las sociedades no es una excepción a la prohibición de la muerte del inocente que constituye el homicidio voluntario. “La acción de defenderse […] puede entrañar un doble efecto: el uno es la conservación de la propia vida; el otro, la muerte del agresor” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a. 7). “Nada impide que un solo acto tenga dos efectos, de los que uno sólo es querido, sin embargo el otro está más allá de la intención” (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a. 7).

2264  El amor a sí mismo constituye un principio fundamental de la moralidad. Es, por tanto, legítimo hacer respetar el propio derecho a la vida. El que defiende su vida no es culpable de homicidio, incluso cuando se ve obligado a asestar a su agresor un golpe mortal:

 

«Si para defenderse se ejerce una violencia mayor que la necesaria, se trataría de una acción ilícita. Pero si se rechaza la violencia en forma mesurada, la acción sería lícita […] y no es necesario para la salvación que se omita este acto de protección mesurada a fin de evitar matar al otro, pues es mayor la obligación que se tiene de velar por la propia vida que por la de otro» (Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae, 2-2, q. 64, a. 7).

 

2265  La legítima defensa puede ser no solamente un derecho, sino un deber grave, para el que es responsable de la vida de otro. La defensa del bien común exige colocar al agresor en la situación de no poder causar perjuicio. Por este motivo, los que tienen autoridad legítima tienen también el derecho de rechazar, incluso con el uso de las armas, a los agresores de la sociedad civil confiada a su responsabilidad.

 

2266  A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito.

 

La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable.

 

2267  La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

 

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

 

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo «suceden muy […] rara vez […], si es que ya en realidad se dan algunos» (EV56)>>