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LOS ESTÍMULOS ERÓTICOS DEL PODER

 

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el-poder-y-el-sexoLa componente sadomasoquista del poder es una constante en la Historia de la Humanidad

LOS ESTÍMULOS ERÓTICOS DEL PODER

En un artículo anterior titulado “LA ASFIXIA POLÍTICA, SOCIAL Y ECONÓMICA DE ESPAÑA”, al tratar sobre la extensión del peligroso juego de la asfixia al ámbito de la política, apuntaba de forma tangencial que el ejercicio del poder lleva aparejado un disfrute erótico de singular naturaleza. Vamos ahora a extendernos sobre ese particular repasando algunas cuestiones que conducen directamente a no desechar la hipótesis defendida por numerosos sociólogos, psicólogos y psiquiatras, amén de ciertos escritores e historiadores, de que el uso y abuso del poder por la mayoría de los seres humanos tiene para ellos una componente erótica que cabe calificar de mentalmente patológica.  

Son varios los autores que para referirse a ese fenómeno han utilizado una expresión ampliamente difundida en la actualidad: “la erótica del poder”. No vamos a detenernos en confeccionar una relación de los mismos y de las obras en que la utilizan. Entre ellas cabe destacar el interesante ensayo “Erótica del poder” del Doctor Enrique Salgado que se publicó por vez primera el año 1975.erotica-del-poder-ensayoCitaremos como curiosidad (pues utiliza exactamente el título “La erótica del poder”) una de la que recientemente he tenido noticia: se trata de la novela de la escritora Raquél Cánovas Molina, editada en 2015, que algunos clasifican como simplemente erótica sin profundizar demasiado, obviando que también trata el tema desde una perspectiva psicológica. No puede considerarse una obra maestra, pero tiene una factura literaria bastante digna y su lectura es entretenida. 

la-erotica-del-poderEl diccionario de la RAE recoge como acepción número 6 del vocablo erótico la siguiente: “Atracción muy intensa, semejante a la sexual, que se siente hacia el poder, el dinero, la fama etc.”

Con esa definición parece dejar fuera de lo que esa misma Institución entiende por erotismo, según las acepciones 1 y 2 de esta palabra (“Amor o placer sexuales” y “Carácter de lo que excita el amor sexual”) en contra, pues, de lo que opinan los especialistas que han estudiado ese fenómeno y de los literatos que lo han utilizado como elemento sustancial en la trama de sus obras.  La definición de los doctos académicos apunta a discernir entre el placer erótico carnal y el placer erótico que produce el poder u otras cosas que igualmente ambicionan casi todos los seres humanos, como es el caso del dinero y de la fama, tan íntimamente relacionadas con él. Nosotros tenemos un concepto más cercano a la tesis de que el placer del disfrute del poder, para numerosas personas, está ligado ineludiblemente al placer sexual y, según experiencias narradas por algunos de los protagonistas y sus biógrafos, son inseparables, como las dos caras de una misma moneda.

Desde tiempos remotos hay evidencias bien documentadas de la realidad de ese aserto y de cómo ha influido la componente erótica del poder en la marcha de los acontecimientos históricos; hasta el punto de provocar invasiones, masacres, guerras cuyo exclusivo afán es demostrar el poder y sentir así la excitación que experimentan los gobernantes al ejercerlo sin límite.

No estamos refiriéndonos a la influencia que las relaciones sexuales de los poderosos han tenido en la toma de sus decisiones políticas, como pueden ser los casos de Alejandro Magno y sus relaciones con el eunuco Bagoas, de Julio César y Marco Antonio en sus apasionados amoríos con Cleopatra, de Napoleón Bonaparte y su triángulo “amoroso” con Josefina y María Waleska, de Alfonso XIII y su desenfrenada vida sexual, de John F. Kennedy y su publica aventura con Marilyn Monroe, o de otros muchos que los historiadores y ensayistas han estudiado hasta la extenuación. Estamos hablando de ese impulso citado por el gran filósofo inglés Thomas Hobbes cuando escribió “que la primera inclinación natural de toda la humanidad es un perpetuo e incansable deseo de conseguir poder, que sólo cesa con la muerte” y cuyo efecto libidinoso reconocieron más tarde algunos políticos, como el estadounidense Henry Kissinger cuando afirmó que “el poder es el último afrodisíaco”, es decir, el más fuerte.

Los caciques que rigieron los destinos de sus pueblos en la antigüedad dieron claras muestras de esa íntima interrelación que existe entre el disfrute del poder político y el goce sexual que éste lleva aparejado. En muchos casos se mezcla con la sexualidad carnal para aumentar así la sensación orgásmica. Existen ciertos cuadros del pintor e ilustrador mexicano Jesús Enrique Emilio de la Helguera Espinoza que representan a un guerrero azteca que retiene a una mujer semidesnuda. Hay quienes sostienen, con referencia a uno de ellos en concreto, que ese guerrero no es sino el Emperador Moctezuma Xocoyotcin, que tras haber raptado a la mujer y portarla en sus brazos se dispone a ofrecerla en brutal sacrificio al dios de la guerra, Huitzilopochtli, y los demás dioses de la mitología azteca. Causa verdadero terror el imaginar los masivos holocaustos que los jefes y sacerdotes de ese pueblo dominador perpetraban en los templos para honrar a unos dioses que ellos consideraban ávidos de sangre humana. Las crónicas dicen que cuando se implantó el complicado Calendario Azteca, grabado en una gran piedra basáltica circular de 3’59 metros de diámetro y 25 toneladas de peso conocida como Cuauhxicalli o Piedra del Sol, fueron sacrificadas más de 700 víctimas y con motivo de la inauguración del Templo Mayor de Tenochtitlan, en él y otros 13 templos, se ofrecieron más de 20.000 sacrificios humanos, entre los que había numerosos niños. Era la más horrenda manifestación de poder y puede dar una idea de la crueldad ilimitada de que es capaz el ser humano cuando se produce la conjunción entre el erotismo del poder y el fanatismo religioso. La imagen ahora ofrecida es suficientemente expresiva de la simbiosis entre el erotismo del poder y el placer sexual aderezada por las creencias fanáticas.

 moctezuma-raptando-a-una-mujer¿Moctezuma gozando del erotismo del poder y sexual antes del sacrificio?

De las muestras que la Historia Universal nos ofrece con generosa abundancia en referencia al asunto que nos ocupa cabe extraer la conclusión de que un símbolo del poder omnímodo es el “sagrado” dedo índice de quien se erige o es erigido como jefe supremo, sin que importe mucho que haya accedido a él por métodos golpistas o democráticos. No es la procedencia del poder lo que conduce al exceso sino su ejercicio cotidiano. Individuos que fueron elegidos por el pueblo se han comportado exactamente igual, a veces incluso peor, que otros cuya posición preminente fue alcanzada por el uso de la fuerza. ¿Podemos olvidar los casos de Hitler, Chávez, Cristina Kirchner y tantos otros?

Si el dedo del poderoso te acusa, te señala la dirección a seguir o te apunta como si de un arma se tratara… ¡Ay de ti si osas oponerse a sus designios! Toda la fuerza represiva caerá sobre tu persona para convertirte en víctima del sadismo opresor que le proporciona el ansiado goce de ejercitar ese anormal y patológico erotismo del poder que le llega a producir espasmos orgásmicos.

el-implacable-dedo-el-poderEntre las cartas del Tarot, la que presenta el número IV (o IIII) es la denominada EL EMPERADOR y, como ese nombre indica, representa la figura de un emperador revestido de todos o algunos de los símbolos de su poder (trono, manto, corona, cetro y escudo heráldico) que adopta una pose que pretende reflejar la dignidad del cargo.

Téngase presente que se trata de la máxima jerarquía posible en el ámbito de los regímenes de naturaleza monárquica y, por tanto, la máxima expresión del poder absoluto. Quienes se presentan como expertos “adivinadores” dicen que si al descubrir la carta aparece en posición normal denota autoridad, estabilidad y solidez, pudiendo invocar la figura paterna, lo que no debe producir inquietud en quien se somete a dicha práctica esotérica.

Sin embargo, cuando se descubre en posición invertida es símbolo de control excesivo, despotismo, dominación, rigidez e inflexibilidad. Es decir, se trata de una amenaza de corte totalitario que se cierne, como un siniestro augurio, sobre el crédulo que incautamente acepta participar en ese estúpido e ilógico juego sin fundamento científico.

Pero lo que conviene resaltar de esa singular y curiosa interpretación es lo siguiente: cuando el poder se ejerce de forma recta con la “auctoritas” que cualquier cargo requiere para en uso adecuado del poder, la sociedad regida por el “emperador” puede confiar en la buena marcha de los asuntos públicos pues el gobierno no está en manos de un psicópata; mientras que, si se ejerce de forma torcida se producirán todo tipo de abusos derivados del ansia enfermiza que llega a dominar al gobernante impulsándole a disfrutar sin medida con el erotismo del poder.

En cuanto a la carta número III, denominada LA EMPERATRIZ, las habituales interpretaciones que nos ofrecen los presuntos “adivinos” son un claro ejemplo de discriminación por razón de sexo, tanto si se descubre en su forma normal como en la invertida, cayendo en los clásicos tópicos usados para extender los conceptos de femineidad y masculinidad a los comportamientos sociales y políticos de mujeres y hombres, respectivamente.

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De existir alguna diferencia entre las féminas y los varones a la hora de ejercer el poder absoluto solo podríamos encontrarlas en la forma instrumental de imponer sus designios. Mientras los hombres suelen sustentar la voluntad de ejercer su poderío en una simple cuestión de testosterona, es decir que las cosas se hacen porque a ellos les sale de sus partes pudendas y la mayoría de las veces dejan que sus gónadas se impongan a sus neuronas, las mujeres son habitualmente mucho más sutiles y utilizan a la perfección sus dotaciones neuronales para que las órdenes dirigidas a ejercer el poder se trasmitan a través de “la sin hueso”, sea imperativamente o con melosidad, según convenga y le dicte su percepción mucho más intuitiva que sensorial. Así, pues, nos permitiremos simbolizar gráficamente esa diferencia meramente instrumental para distinguir ambas formas de gozar el erótismo  del poder político. Es de esperar que a nadie ofenda la expresión gráfica de esa teoría sustentada por muchos analistas expertos en comportamientos humanos.

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Es obvio que el grado de aplicación de la tesis sostenida por muchos estudiosos en lo concerniente a la erótica del poder puede alcanzar diversos grados, según el individuo que la experimente y el límite al que sea capaz de llegar en su ansia de dominio y de simultáneo placer. Hay quien padece ese síndrome durante todo el tiempo en que ejerce el poder y quien solo lo ha experimentado en determinados momentos de su acción de gobierno. Un mejor y más amplio conocimiento de los acontecimientos históricos permite discernir unos casos de otros sin dejar que nos cieguen las etiquetas ideológicas, la mera pasión antimonárquica o las filias y fobias subjetivas. El poder absoluto puede ejercerse, como así ha sido desde la aparición del hombre sobre la Tierra, en el ámbito de un Imperio, de una Nación (sea monárquica o republicana su forma de gobierno), de un Estado moderno cualquiera que sea su forma de estructurarse (centralista, autonómica, federada, confederada), de todo un país o de parte de él, de una provincia, de un municipio, de cualquier institución pública o privada, de una empresa e incluso de una familia. Allí donde los seres humanos se agrupen y precisen tener al frente alguien que tome el mando y asuma el poder, este podrá ser ejercido de forma correcta con espíritu de servir a la colectividad sin caer en abusos totalitarios o de forma despótica, lo que facilita sobremanera el incurrir en el obsceno disfrute del poder como si se tratara de un afrodisíaco que le producirá un placer erótico. En la España de nuestros días hemos podido comprobar que existen demasiados políticos que se ajustan perfectamente al estereotipo del gobernante adicto a la erótica del poder y, por ello, debemos estar muy atentos a los signos que evidencian esa tendencia, como ocurre con ese peligroso personaje que se jacta en público de actuar con un par de bolas (él no lo suaviza), que incita a los demás a apalear fascistas,  que pide perdón por no dar de tortas (él lo dice de otra forma más expeditiva) a los contertulios que considera fachas, que disfruta cuando unos salvajes propinan patadas a un policía abatido en tierra y que añora una aplicación generalizada de la guillotina a su antojo personal. Su llegada al poder supondría un peligro para nosotros mucho mayor que el que representaron para sus pueblos estos personajes históricos que dirigieron imperios:algunos-emperadores(*)

No echemos en saco roto las señales que a través de los distintos medios de comunicación social y redes informáticas nos llegan permanentemente. Por los hechos que han protagonizado y por los comentarios y opiniones que no se recatan en emitir es fácil distinguir el trigo de la paja y solo pueden engañar a quienes voluntariamente así lo deciden. A la mayoría de los personajillos de esa nueva hornada de políticos que en poco tiempo han surgido como setas venenosas en el campo de la política nacional se les ha visto ya el plumero pues no se recatan de exponer en público sus proyectos. Si ya parecen tener orgasmos cuando ofenden nuestra inteligencia con sus insustanciales peroratas construidas desde el más profundo analfabetismo funcional y rebosantes de un odio visceral dañino y hasta letal… ¡Qué cabe esperar en el caso de que llegasen a alcanzar un poder mayor que el que ya han conseguido por culpa de los traidores ex dirigentes del PSOE de apellidos Rodríguez y Sánchez!

Desde DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) queremos alertar a nuestros compatriotas del peligro que se cierne sobre el futuro de España y de los españoles de bien para que a la hora de votar elijan de forma acertada sus papeletas. Pero tampoco hay que alarmarse pues detrás de esa dialéctica con la que cubren sus miserias morales no hay nada de nada.

El escritor y poeta danés Hans Christian Andersen escribió un maravilloso cuento en el que cierto ingenioso sastre hace creer a un rey, a sus cortesanos y a los demás súbditos que va a confeccionarle un traje con un tejido especial que solo pueden ver aquéllos que son puros de corazón y no albergan maldad en su interior.

Ese tejido no existe en realidad, pero nadie quiere reconocer que no lo ve, incluso el propio rey, porque ello sería tanto como aceptar la negrura de sus conciencias.

Cuando para estrenarlo organiza un desfile y recorre las calles rodeado de su séquito, los altos personajes de la corte y los ciudadanos se miran entre sí con perplejidad, pero ninguno de ellos se atreve a decir que el rey está desnudo. De repente un niño pequeño sale de entre la multitud y desde su inocencia infantil exclama “¡El rey está desnudo!”, con lo que descubre el pastel dejando a todos en ridículo y al rey avergonzado, más por su estupidez que por su desnudez.

el-traje-nuevo-del-emperador¿A cuento de qué viene ahora recordar ese cuento? – pueden preguntarse algunos que han tenido la paciencia de penetrar en el bosque de palabras de este artículo hasta llegar al pasaje actual. Y la razón está meridianamente clara: los árboles no deben nunca impedirnos ver el conjunto. A pesar del lujoso boato de sus ropajes y de la aparente majestad que los rodeaba cuando se encontraron en pleno uso de sus prerrogativas, los sátrapas cuyos rostros aparecen en uno de los montajes que ilustra este artículo estaban TOTALMENTE DESNUDOS, al igual que le ocurría al rey de la narración que nos regaló Andersen. Desnudos de la verdadera dignidad, del respeto que tiene el pueblo gobernado hacia el dirigente que cumple rectamente sus funciones y de la “auctoritas” que solo se alcanza cuando dedicas la vida entera a conseguir el bienestar de quienes están a tu cargo.

Cuando se pavoneaban con altivez ante los ciudadanos que los habían elegido, o a los que habían sometido, en realidad lucían “in naturalibus”, aunque ninguno de los aduladores cortesanos que les rodeaban se atrevieran a decírselo, fuese por temor a perder sus canonjías o por miedo a ser víctimas de su soberana ira. La gestión de la mayoría de los emperadores que componen ese selecto cuadro tuvo luces y sombras, como es lógico porque eran humanos, aunque algunos de ellos estuvieron más cerca del mal y otros mostraron comportamientos casi satánicos, como es el caso, de Calígula, Nerón, Moctezuma II, Iván el Terrible, Hiro Hito (no olvidemos el “¡Tora, tora!”) y Bocassa I.

Y si eso ocurrió con esos personajes históricos a los que nadie puede negar su talla política… ¿Qué decir de los individuos componentes de esa “castilla” (con c minúscula, pues ni siquiera llegan a ser casta) que participan como figurantes en la obra teatral representada en el escenario de la política nacional? Todos ellos aspiran a ser protagonistas, aunque sus recitativos demagógicos plagados de lugares comunes y latiguillos aprendidos en la más cruda escuela del totalitarismo demuestran que están aún más desnudos que aquéllos a quienes pretenden emular.

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) quiere ser como el niño del cuento y, desde la pureza de sus principios políticos y valores éticos, proclamar a los cuatro vientos que esa gentuza está DESNUDA. Si, desnuda de las vestiduras que engrandecen a quienes quieren erigirse en rectores del destino común de todos los españoles y que están tejidas con las preciosas hebras de la VERDAD, la HONRADEZ, la LIBERTAD y la JUSTICIA, conceptos ensuciados por ellos al invocarlos con sus cínicos e hipócritas comportamientos y sus desmedidas ansias de poder absoluto que los abocan inevitablemente a gozar la denigrante erótica del poder que tanto daño ha causado y sigue causando a la Humanidad.

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional de

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI

(*)

RELACIÓN, DE IZQUIERDA A DERECHA Y DE ARRIBA A ABAJO, DE LOS EMPERADORES Y LAS EMPERATRICES CUYOS ROSTROS FIGURAN EN LA IMAGEN:

 RAMSÉS II, EL GRANDE, FARAÓN DE EGIPTO (1300aC – 1213aC)

YINMU TENNO, EMPERADOR DE JAPÓN (712aC – 586aC)

QIN SHI HUANG, EMPERADOR DE CHINA (259aC – 210aC)

AUGUSTO, EMPERADOR DE ROMA (63aC – 19dC)

CALÍGULA, EMPERADOR DE ROMA (12 – 41)

NERÓN, EMPERADOR DE ROMA (37 – 68)

CONSTANTINO I, EL GRANDE, EMPERADOR DE ROMA (272 – 337)

JUSTINIANO I, EMPERADOR DE BIZANCIO (483 – 565)

CARLOMAGNO, EMPERADOR DE LOS FRANCOS (748 – 814)

FEDERICO I BARBARROJA, EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO (1122 – 1190)

MOCTEZUMA II, EMPERADOR DE LOS AZTECAS (1456 – 1520)

MAXIMILIANO I DE HABSBURGO, EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO (1459 – 1519)

CARLOS V, EMPERADOR DEL SACRO IMPERIO ROMANO GERMÁNICO (1500- 1558)

IVÁN, EL TERRIBLE, EMPERADOR (ZAR) DE RUSIA (1530 – 1584)

WAN LI, EMPERADOR DE CHINA (1563 – 1620)

PEDRO I, EL GRANDE, EMPERADOR (ZAR) DE RUSIA (1672 – 1725)

CATALINA I, EMPERATRIZ (ZARINA) DE RUSIA (1684 – 1727)

QIANLONG, EMPERADOR DE CHINA (1711 – 1799)

CATALINA II, LA GRANDE, EMPERATRIZ (ZARINA) DE RUSIA (1729 – 1796)

NAPOLEÓN I BONAPARTE, EMPERADOR DE FRANCIA (1769 – 1821)

GUILLERMO I, EMPERADOR (KÁISER) DE ALEMANIA (1797 – 1888)

PEDRO I, EMPERADOR DE BRASIL (1798 – 1834)

NAPOLEÓN III, EMPERADOR DE FRANCIA (1808 – 1873)

VICTORIA I, EMPERATRIZ DE LA INDIA (1819 – 1901)

FRANCISCO JOSÉ I, EMPERADOR DE AUSTRIA (1830 – 1916)

MAXIMILIANO I, EMPERADOR DE MÉXICO (1832 – 1867)

GUILLERMO II, EMPERADOR (KÁISER) DE ALEMANIA (1859 – 1941)

HAILE SELASSIE, EMPERADOR DE ETIOPÍA (1892 – 1975)

HIROITO, EMPERADOR DE JAPÓN (1901 – 1989)

BOKASSA I, EMPERADOR DEL CONGO (1921 – 1996)