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¿PUEDE CONSIDERARSE COMO TRABAJO PRODUCTIVO EL CONJUNTO DE LAS ACTIVIDADES DESARROLLADAS POR LAS MUJERES EN EL HOGAR FAMILIAR?

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En los últimos años, pese a las sucesivas crisis económicas padecidas, se ha producido en el Mundo y, con más intensidad en España, una verdadera revolución en lo que se refiere a la incorporación de las mujeres al mundo del trabajo, tanto sea por cuenta ajena o como en forma de autónoma.

Es posible que ese hecho haya influido para agudizar una de las consecuencias más graves de la crisis, que es el aumento del alarmante índice de desempleo en el conjunto de los estamentos sociales y particularmente entre los jóvenes y las personas de edad adulta cercanas a la jubilación. Situación que, con mayor o menor incidencia, afecta a todos los sectores productivos y para cuya solución será necesario olvidarse de las recetas políticas tradicionalmente recomendadas por los economistas de diversa significación política. Hay que atreverse a buscar soluciones innovadoras, que pasan ineludiblemente por la radical y profunda reforma de las estructuras productivas.

Ello obligará a aplicar una cirugía “invasiva” que puede levantar muchas suspicacias y provocar las protestas de quienes son los evidentes beneficiarios de la dramática situación actual. Léase políticos corrompidos, sindicalistas de pacotilla que solo buscan rentabilizar sus acciones en beneficio propio, empresarios explotadores sin escrúpulos, trabajadores que no merecerían tal nombre por su nula eficacia y productividad, ejercientes de algunas de las llamadas profesiones liberales que promueven la conflictividad laboral y la gestionan en su propio provecho y, en fin, toda clase de buitres carroñeros que sacan tajada de la crisis que ellos mismos ayudaron a crear y que agravan con su inmoral comportamiento, también delictivo en numerosas ocasiones.

Pero, volvamos al fondo de la cuestión que nos ocupa y centremos el problema, dejando sentado con carácter previo que quienes elegimos integrarnos en DERECHO CIUDADANO A DECIDIR, seamos mujeres u hombres, estamos a favor de que cualquier mujer que opte por incorporarse al mundo del trabajo no encuentre trabas que dificulten el ejercicio de ese derecho y, una vez conseguido su objetivo, reciba igual trato que los hombres en análogas circunstancias, sin que para ello medien cuotas artificiales, discriminaciones positivas o tratos de favor en razón de su condición femenina.

La selección de los trabajadores, su promoción y las ayudas a las personas que quieran establecerse como autónomas, o bien constituir una empresa o ser socias de ella, deberán regirse únicamente por los principios de mérito y capacidad, cualesquiera que sean su raza, sexo, edad y grado de minusvalía física o psíquica.

Pero no debe olvidarse que, por circunstancias de la vida, o por elección propia, son muchas las mujeres que han tenido y siguen teniendo que dedicarse a la realización de las labores domésticas, con escasa o nula ayuda, para atender todas las necesidades de los miembros de sus familias, manteniendo permanentemente engrasadas las ruedas del vehículo que permita tener siempre a punto todas las cuestiones precisas para circular con seguridad por la vida. Es preciso, pues, que la sociedad sea consciente de la gran labor que realizan una ingente multitud de mujeres que, la mayor parte de las veces se sienten desamparadas y ven poco reconocido su esfuerzo, incluso por los beneficiarios directos del mismo. No basta con decir que esa es su obligación. Los poderes del Estado deberían realizar políticas innovadoras que cubran la actual laguna normativa sobre esa materia.

Son muchos los hombres, y demasiadas las mujeres no sufridoras de esa realidad por pertenecer a clases sociales económicamente más fuertes, a quienes les cuesta mucho comprender las dificultades que entraña la realización de las tareas domésticas de la mujer dedicada en exclusiva a ellas. Su visión del problema está distorsionada a causa de la educación recibida o por su privilegiado estatus particular, y ello no les permite enfocar con precisión el problema. Si les preguntas su opinión contestan que las actividades desarrolladas por la mujer en el hogar familiar no representan un trabajo en sentido estricto. Olvidan, pues, la diversidad de funciones que deben realizar quienes hasta hace poco tiempo se denominaban amas de casa, así como la enorme preparación necesaria para llevarlas a efecto con eficacia. Se pensaba que con llamar “ama” a la víctima de esa obligación se la compensaba de la dureza de su práctica cotidiana pues ese calificativo era tanto como considerarla “reina del hogar”, pretendiendo así que se sintiera la verdadera regidora de los destinos de la familia; cuando, por desgracia para ella, la mayoría de sus allegados terminaban por tratarla como a una fiel criada de confianza a la que con tres carantoñas y cuatro abalorios se le compensaba por sus desvelos.

Viene al caso recordar la popular anécdota que ha circulado por todos los foros y que no me resisto a narrar. Se trata de una mujer de mediana edad, de agradable físico pero visiblemente desmejorada, que acude a una dependencia administrativa ante el mostrador de atención al público y al preguntarle el empleado por su profesión u ocupación, para rellenar la correspondiente casilla de un formulario, ella contesta imperturbable y con seguridad: “Educadora, maestra, psicóloga, enfermera, cuidadora de niños y ancianos, administradora, cocinera, lavandera, planchadora, costurera, proveedora,…”, y así hasta agotar un amplio repertorio de actividades. Entonces, la persona que le atiende y ha escuchado atentamente, con visible cara de incredulidad, la enumeración de tan extenso catálogo se dirige con sorna a ella y le espeta: “¡Eso es imposible! No hay nadie capaz de desarrollar a la vez las específicas tareas exigidas a tantas profesiones con total dedicación”. A lo que la buena mujer contesta con parsimonia y aire de resignación: “Pues entonces, ponga ama de casa”.

No por ser un relato inventado es menos cierta la cruda realidad en que se inspira. La actividad que llevan a cabo las mujeres “de su casa”, como a veces se las define, no es un simple trabajo. Es uno de de los trabajos más duros y difíciles que pueden desempeñarse y, además, uno de los más productivos desde la perspectiva de su repercusión social.

Gracias a ellas las familias modestas y de clase media han podido salir adelante pese a las insuficientes retribuciones de los esposos y resto de familiares que trabajan fuera del hogar. Su contribución a la economía familiar facilita de manera ostensible el adecuado y acertado destino de las retribuciones dinerarias que aportan los otros miembros para cubrir las necesidades primarias. Se puede asegurar que ese trabajo tan poco valorado por quienes no lo realizan tiene un portentoso efecto multiplicador que permite subsistir con holgura, y estar bien atendidos, a cuantos tienen la suerte de tener a su lado el “mirlo blanco” que supone una buena ama de casa.

Es de agradecer el esfuerzo que realizan algunas mujeres al intentar compaginar esa ingrata tarea con un trabajo fuera del hogar pues, aunque hoy en día muchos hombres están más dispuestos a colaborar activamente en la realización de las tareas domésticas, lo cierto es que la educación tradicional que han recibido y las complicaciones de la vida moderna siguen propiciando que la mayor carga de las mismas sea soportada por las mujeres. Sus mismas madres y abuelas tienen una gran responsabilidad en esa injusta situación porque antaño, si un hombre se prestaba a colaborar solían decir: “Los hombres a lo vuestro” o “Déjalo que eso es cosa de mujeres” y no enseñaban a los hijos a valerse por si mismos en las más elementales tareas del hogar. Con ello se condenaban a asumir solas el suplicio de Tántalo que representa hacer algo que cuando crees finalizado hay que volver a hacerlo. Y así un día tras otro.

Conscientes del valor que tiene ese necesario TRABAJO, que equivale a muchos trabajos simultáneos, los afiliados de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR creemos que es necesario establecer ayudas a las mujeres que tanto aportan a la buena marcha del engranaje social, atendiendo a sus familias con admirable entrega. Pero no en forma de subvenciones directas sino en la línea de aprobar DESGRAVACIONES FISCALES en la declaración del IRPF para los supuestos en que los niveles de ingresos y patrimonio sean moderados en su conjunto. Habrá que estudiar los diversos tramos y los límites razonables que deberá recoger la legislación aplicable a ese efecto para acogerse a dicho beneficio en la cuantía adecuada.

Esa medida equivaldría a retribuir el importante trabajo de las mujeres afectadas, aunque sea de forma insuficiente, y así su aportación a las economías domésticas no se limitaría solo a una contribución “en especie” sino que tendría un tratamiento parejo al de los trabajos realizados fuera del hogar.

Con nuestra acción política propugnaremos que esa propuesta se convierta en realidad lo antes posible.

El apartado 2 del artículo segundo de la Ley Orgánica 3/1984, de 26 de marzo, excluye expresamente de mecanismo de iniciativa legislativa popular, reconocido como derecho por el artículo 87.3 de la Constitución Española, lo relativo a materia de naturaleza tributaria. Obligados, pues, por esa injusta realidad jurídica presentaremos a todos los grupos parlamentarios el texto de un proyecto de ley de ayuda a las mujeres que realizan los trabajos en el hogar familiar, para que hagan suya nuestra propuesta.

Esperamos la colaboración de todos los que compartan nuestra preocupación y, en especial, de las personas que se sientan concernidas por el mismo.

Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

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