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SOBRE EL DERECHO A LA LIBERTAD

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A finales del primer tercio del Siglo XIX el pintor francés Ferdinand-Víctor-Eugène Delacroix alumbró su famosa obra “La Libertad guiando al pueblo” que se expone en el Museo del Louvre de París. El cuadro representa a la LIBERTAD en la figura de una mujer cuyo brazo derecho extendido enarbola la bandera de la República Francesa y a cuyos pies yacen las víctimas de la cruenta batalla librada para defenderla. De la imagen emana una visible violencia plasmada en los rostros crispados y en los ademanes enérgicos de quienes aún no han caído, que esgrimen sus armas con actitud decidida. Aunque se inspiró directamente en los acontecimientos revolucionarios de 1830, Delacroix nos muestra en su cuadro una concepción de la libertad sustentada en los postulados de quienes dirigieron la Revolución de 1789, que desembocó irremisiblemente en un mar de sangre cuyo oleaje tempestuoso acabó por devorarles a ellos, porque el odio solo genera odio.

Frente a esa interpretación trágica, de carácter negativo, es necesario infundir en el corazón y en la conciencia de los ciudadanos un sentimiento positivo de tan primordial derecho cimentado en la SOLIDARIDAD y el RESPETO, sin que ello comporte falta de arrojo o cobardía para defenderse de las iras liberticidas de muchos seres humanos que no merecen ese calificativo.

El Diccionario de la RAE recoge como primera y quinta acepciones de la palabra libertad las siguientes: Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos” y “Facultad que se disfruta en las naciones bien gobernadas de hacer y decir cuanto no se oponga a las leyes ni a las buenas costumbres”. Y, como es lógico, añade, entre otras que no vienen al caso, una segunda: “Estado o condición de quien no es esclavo” y otra tercera: “Estado de quien no está preso”.

Esas definiciones formalistas dicen poco sobre la verdadera esencia de un derecho tan apreciado por todas las personas para sí mismas pero que, por desgracia, muy pocos respetan cuando pretenden ejercerlo las demás.

La LIBERTAD no es un bien material y tangible pero, al igual que la JUSTICIA y el AMOR, de similar naturaleza, se palpa claramente en el ambiente y en el cuerpo social. El ser humano suele apreciarla solo cuando le falta. Más que su presencia es su ausencia lo que sienten las personas pues produce una desazón dolorosa. Definirla con precisión es, por tanto, muy difícil, como ocurre con otras cualidades que casi todos valoramos (la BELLEZA, la FE, la FIDELIDAD, la AMISTAD) pues su percepción última supera los límites de la RAZÓN, de los sentimientos emocionales atribuidos al CORAZÓN e incluso de las capacidades anímicas de lo que hemos venido en denominar el ESPÍRITU.

No pretendemos, pues, resolver un asunto que ni lingüistas, ni filósofos, ni psicólogos, ni psiquiatras de capacidad y profesionalidad reconocida han sido capaces de desentrañar hasta la fecha. Sería pedante y atrevido por nuestra parte el intentarlo pero, como acérrimos defensores y practicantes del LIBERALISMO IDEOLÓGICO y de su aplicación eficaz en los ámbitos social y político de las normales relaciones humanas, proclamamos el DERECHO A LA LIBERTAD como un bien necesario en peligro de extinción que hay que preservar con el ejemplo de nuestros actos, para que la fuerza de su presencia se contagie a todos cuantos nos rodean y el reducido núcleo de amantes de la libertad propia y ajena, que hoy es una pequeña fuente nacida en las altas cumbres que albergan los grandes principios, se transforme en un río caudaloso en el que confluyan los afanes de cuantos quieren contribuir a su crecimiento para luego desembocar en el océano de un FUTURO esperanzador, donde la LIBERTAD no sea una entelequia sino una realidad cotidiana.

Con los afiliados a DCID que ocuparán cargos orgánicos ocurrirá lo mismo que le sucede al agua de un río, ninguna de sus moléculas permanece mucho tiempo en el cauce sino que pronto es reemplazada por otras que toman el relevo y garantizan las pervivencia de la corriente fluvial cuando las precedentes pasan a formar parte del mar océano que, en nuestro símil, es una sociedad más LIBRE y más JUSTA.

En DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) propugnamos el ansia de LIBERTAD como motor de la transformación ética de las personas y, por ende, de la sociedad. Pero no se trata de una libertad sin límite sino incardinada en el entramado de las libertades de las demás personas, de tal forma que nadie utilice la suya para cercenar la de los otros. Es sobradamente conocida la frase de Jean-Paul Sartre: “Mi libertad se termina allí donde empieza la de los demás” y también su variante: “Mi libertad empieza donde acaba la tuya”, atribuida a varios pensadores.

Insistimos en que la LIBERTAD no es ilimitada sino que está acotada por dos sustanciales principios, el RESPETO y la SOLIDARIDAD. Ambos son imprescindibles para garantizar la CONVIVENCIA pacífica de la comunidad humana.

Lo contrario sería el LIBERTINAJE, que es el manifiesto abuso de la LIBERTAD y cuya práctica pervierte el uso sensato de ésta y sirve de justificación a los demagogos liberticidas que se erigen en salvadores de las Patrias y de la Humanidad incurriendo en un vil abuso reservado a las camarillas que controlan el poder, cuando al fin consiguen detentarlo; sea utilizando procedimientos violentos o, en algunas ocasiones, aparentemente democráticos.

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) alerta sobre los mayores enemigos de la LIBERTAD que no cejan en su empeño de esclavizar, tanto física como psicológicamente, a la mayoría de los seres humanos:

1º) Los sistemas políticos totalitarios y colectivistas que defienden la existencia de unos Estados omnipotentes que todo lo controlan y, a su vez, son controlados por una camarilla dirigente.

2º) Los sistemas regidos por un capitalismo salvaje y alienante bajo el dominio de unas clases económicas de carácter oligárquico, enmascaradas tras aparentes regímenes democráticos, que utilizan como pretexto para conseguirlo el crecimiento desaforado de la globalización.

3º) Los sistemas formalmente democráticos y sociales que bajo la excusa del bienestar absorben y monopolizan todos los recursos del País.

4º) Los nacionalismos separatistas que tanto daño han causado en las sociedades sometidas a sus patrocinadores al impedir el progreso ético, social y económico de los pueblos afectados por ese mal que hoy aqueja a España, cual si se tratara de una epidemia de alarmante gravedad.

La experiencia nos enseña que no cabe distinguir ideologías entre aquéllos que practican alguno de los anteriormente citados modelos liberticidas. En el primer grupo se incluyen tanto a los regímenes comunistas como a los de corte fascista, que derivan del mismo tronco común. El ejemplo del régimen imperante en la República Popular China demuestra que ese aserto es válido también para el segundo grupo. En el tercero, donde los partidos aparentemente moderados de derecha e izquierda se disputan el poder sin ofrecer modelos de sociedad discrepantes en lo sustancial, debe incluirse a España, entre otros países de la Unión Europea. Y en el cuarto, ocurre igual; basta comprobar como en la actual Cataluña tanto CDC (hoy desgajado de CyU) como ERC preconizan la independencia.

En todos los supuestos antes descritos, quienes propugnan tales modelos pretenden construir un ESTADO hegemónico que controle a los ciudadanos en todas sus actividades, sean de ámbito personal o colectivo, y por eso generan una intrincada maraña de leyes, decretos, reglamentos, normas, disposiciones e instrucciones que ahogan al supuesto “beneficiario” de esos preceptos esclavizadores, enmascarados en una grandilocuente parafernalia lingüística que utiliza los grandes principios de forma reiterada hasta hacerles perder su noble significado.

La defensa de la LIBERTAD que quiere articular DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) pasa por conseguir:

Una EDUCACIÓN y una ENSEÑANZA de calidad ajenas al adoctrinamiento.

Una SEPARACIÓN DE PODERES efectiva, con elecciones directas de los respectivos representantes y posibilidad de revocación por parte de los votantes, que garanticen su mutua INDEPENDENCIA.

Una JUSTICIA rápida y efectiva cuyos administradores sean plenamente AUTÓNOMOS de quienes ostentan los cargos en los otros dos poderes del Estado.

Únicamente un pueblo educado, bien formado, bajo la dirección de unos legisladores y gobernantes que ejerzan mutuamente las funciones propias y las de contrapoder que les corresponden, sometidos ambos al control de unos Jueces y Tribunales cuyo futuro profesional no dependa de los poderes legislativo y ejecutivo, puede disfrutar del mayor nivel de LIBERTAD que es factible alcanzar en una sociedad regida por seres humanos y, por tanto, imperfectos.

Para conseguir ese objetivo NECESITAMOS la ayuda del mayor número posible de ciudadanos que compartan nuestros principios, propuestas y proyectos.

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR (DCID) os espera con ilusión para que el Partido crezca con la rapidez necesaria para permitirle influir en la gobernabilidad de ESPAÑA e incluso alcanzar una amplia mayoría que le conduzca a gobernar en solitario, si es preciso, cuando las demás organizaciones presentes en la arena política no quieran participar en los urgentes cambios y las drásticas medidas dirigidas a conseguir una PATRIA mejor estructurada, constituida por ciudadanos más formados y LIBRES, sometidos en exclusiva a un ORDENAMIENTO JURÍDICO JUSTO cuyo cumplimiento esté garantizado por un renovado, eficiente e independiente PODER JUDICIAL, cuyos órganos individuales y colegiados dicten siempre sentencias, autos y resoluciones impregnadas de EQUIDAD.

Que, según se representa en la estatua que los ciudadanos franceses regalaron en 1886 a los estadounidenses al cumplirse el primer centenario de la fecha en que consiguieron su independencia de la corona inglesa, sufragando su coste mediante suscripción popular, la luz cálida e inextinguible de la verdadera LIBERTAD nos ilumine en el sempiterno caminar que conduce al mejor disfrute de ese bien anhelado por todos cuantos luchamos por su posesión.

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Y que no nos abandone el ímpetu apasionado que se desprende de la famosa frase que don Miguel de Cervantes y Saavedra pone en boca del Ingenioso Hidalgo dentro de su inmortal novela:

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Ignacio Vargas Pineda

Secretario Nacional Provisional de DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del Siglo XXI