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TIEMBLE DESPUÉS DE HABER LEÍDO

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CELDAComo Edmundo Dantés en el castillo de If, pero sin posibilidad de escape.

TIEMBLE DESPUÉS DE HABER LEÍDO

(LAS AMARGAS Y TERRORÍFICAS MEMORIAS DE UN EX MILITANTE DE PODEMOS)

Corre el año 2020 y, con extremada cautela, un funcionario de la Cárcel para Desafectos a la “Confederación de Repúblicas Populares Autónomas de la Península Ibérica” (antes España) me entrega, con el ruego de total confidencialidad, unas arrugadas y enmohecidas hojas de periódicos varios, cuyos márgenes, vacíos de letra impresa, algún desconocido rellenó de forma manuscrita con palabras que, después de descifrarlas por su peculiar caligrafía, descubrí que estaban escritas en latín.

Parece ser que los encontró en una de las siniestras celdas de ese lugar infecto donde se encierra a los disidentes del Régimen con pocas posibilidades de salir indemnes, salvo para ir en calidad de víctimas propiciatorias al lugar donde, como aviso para navegantes, organizan las ejecuciones públicas los prebostes del sistema totalitario que, después de un hábil golpe de Estado “constitucional”, implantaron en 2017 los dirigentes de Podemos, único partido legalizado en la actualidad. Se trataba de hojas del “Diario de la Verdad Oficial”, que se publica en el nuevo Estado después de decretarse el cierre de todos los medios de comunicación privados y unir al resto en el ente público que han denominado “Medios Informativos Impresos y Audiovisuales de la Confederación”. El autor de dicho manuscrito debió ahorrar gran parte del papel que le entregaban para limpiarse después de evacuar los frugales y repugnantes alimentos del rancho carcelario. Pero no pensemos que se trataba de una crueldad desmedida por parte de los responsables de la prisión pues, ante la escasez de medios de subsistencia, incluidos los productos de limpieza y aseo, provocada por la nefasta política económica del Régimen, las estanterías de los establecimientos comerciales de toda la Confederación estaban vacías y el pueblo no tenía a su alcance los elementos esenciales para la vida cotidiana. Ni siquiera el modesto papel higiénico cuya ausencia aliviaban con las hojas del diario oficial que se editaba por millones y era de distribución totalmente gratuita para el mejor adoctrinamiento de los sufridos ciudadanos. Solo los capitostes del Gobierno y los funcionarios serviles de la Administración gozaban de un abundante suministro de víveres y del resto de productos necesarios y superfluos. Y todo sigue igual.

El pobre hombre debió esforzarse mucho para proteger las confidencias manuscritas que mi informante pudo descubrir, una vez desocupada la celda, dentro de un hueco, camuflado por masilla realizada con miga de pan y otros materiales de difícil identificación, que estaba situado bajo el banco de piedra utilizado como duro lecho. ¿Cuántas horas debió pasar dedicado no solo a escribir con un lápiz a la escasa luz que entraba por el único ventanuco provisto con barrotes situado en la pared opuesta a aquella donde estaba adosado el banco, sino en horadar con una débil cucharita de hojalata el hueco para elaborar y colocar la masa que ocultaba su existencia gracias a la umbría de la siniestra estancia?

Dejemos ya los preliminares y entremos en el contenido del peculiar manuscrito. Tras largas horas descifrando los garabatos y ayudado por un diccionario Latín – Español, para refrescar mis oxidados recuerdos de la lengua madre (o mejor, abuela, del español), pude ordenar con lógica las a veces inconexas frases y reconstruir el relato del encarcelado. No lo transcribiré del todo, pues se trata de un texto muy prolijo e inexplicablemente extenso, dadas las penosas condiciones que sufría el autor. Procuraré abreviar reproduciendo solo los párrafos más sustanciosos y clarificadores. Éste es el compendio realizado por mí una vez traducido a nuestro idioma:

“Soy…, pero no importa mi nombre sino los hechos que el destino me hizo protagonizar por mi mala cabeza y la de tantos otros que, como yo, hemos sido “tontos útiles” de esa fuerza maligna que se aprovechó de la enorme indignación de muchos ciudadanos hartos de soportar los abusos y la corrupción de los partidos que antes de 2014 copaban el espacio político en España.

Sí, es cierto, no puedo negarlo, yo también estuve en la concentración que tuvo lugar a partir del 15 M (15 de mayo de 2011) en la Puerta del Sol de Madrid y participé de la indescriptible alegría que muchos de los concurrentes sintieron al pensar que ese acontecimiento podría ser el principio del fin de un bipartidismo (que tan nefasto nos parecía) pues, con la interesada muleta de los independentistas, monopolizaban los sucesivos gobiernos de la Nación. Reconozco que muchos de quienes me rodeaban en la multitudinaria “sentada” tuvieron comportamientos que indignan a cualquier persona del común y dejaban traslucir un rencor venenoso que yo en modo alguno compartía. Pero estaba cegado por una esperanza que el tiempo me ha demostrado no sustentarse en realidades contrastables, sino que era fruto de aquella alucinación colectiva cuyos fuegos de artificio dialécticos nos impedía realizar un análisis riguroso y racional de los hechos.

Ahora, después de lo acaecido posteriormente, me parece increíble que un profesor universitario como era yo, a quien se le supone la suficiente formación para separar el trigo de la paja en lo que se refiere a cualquier manifestación del saber humano y que, como tantos otros de similar extracción social, estamos obligados a discernir cual es la verdad que se trasluce de la palabrería populista de los demagogos, haya caído varias veces en unas trampas tan burdas como las que tendieron con suma habilidad los viles y cínicos promotores de Podemos.

Abogados, Arquitectos, Economistas, Ingenieros, Médicos y hasta un número considerable de Fiscales, Jueces y Militares incurrieron en el mismo error y ayudaron, por activa o por pasiva, a que esa nueva casta de “intocables” accediera al poder.

Sin pensarlo dos veces me afilié a Podemos y participé en los debates de uno de los círculos que se crearon en mi localidad de residencia.

Al igual que me ocurrió a mí, muchos otros intervenían activamente haciendo propuestas sensatas que sistemáticamente se rechazaban para aprobar otras de corte radical que parecían emanadas de mentes desequilibradas. Las aceptamos en aras de la sacrosanta democracia asamblearia pensando candorosamente que, más tarde habría tiempo de rectificar y reconducir la situación.

El resultado de las Elecciones al Parlamento Europeo, que se celebraron el 25 de mayo de 2014, insufló nuevas ilusiones a los seguidores de Podemos. Cinco europarlamentarios no parecían demasiados, pero representaban un éxito relativo que permitía augurar nuevos triunfos electorales.

Ni siquiera me hizo abrir los ojos a la realidad de lo que se avecinaba el enterarme de los votos de Pablo Iglesias y sus cuatro compañeros negándose siempre a condenar los actos criminales cometidos por los regímenes dictatoriales de ideología comunista (Cuba, República Bolivariana de Venezuela, Corea del Norte…) y, además, no apoyar la repulsa a las diversas organizaciones terroristas (ETA, HIZBULÁ, DAESH…) y sus cómplices. No hay mejor sordo que quien no quiere oír, como afirma certeramente el dicho popular.

El 24 de mayo de 2015 tuvieron lugar, en un clima enrarecido, las Elecciones Municipales y Autonómicas. Ya era conocedor de numerosas declaraciones públicas de los dirigentes de Podemos, que dejaban adivinar una clara tendencia totalitaria al manifestar abiertamente su querencia a los líderes comunistas de antaño (Lenin, Stalin…) y a los de hogaño (Chavez, Maduro, Morales, Correa y demás pájaros de igual plumaje). No obstante, mi entendimiento parecía cerrarse ante la evidencia y acepté ir en la lista de una de las llamadas “marcas blancas” de Podemos como segundo candidato en la respectiva lista, optando así a un puesto de concejal.

No las tenía todas conmigo porque había recibido cierta  información fehaciente y perfectamente documentada (a través de un familiar que ejercía de periodista en Venezuela) de la estrecha colaboración prestada por Bescansa, Errejón, Iglesias y Monedero (junto a otros notorios miembros del Partido) a Chavez y Maduro, a los que prestaron abundante asesoramiento para manipular al pueblo, manejar arteramente la opinión pública a través de la publicada, controlar a la oposición y utilizar unos eficaces métodos de represión. Todo ello a cambio de una suculenta remuneración económica que, años después, la oposición al régimen bolivariano estimó en más de siete millones de euros y la Asamblea Venezolana exigió devolver por habérseles abonado ilegalmente para fines distintos a los que se adujeron en los documentos contables.

Tampoco influyó negativamente en mi la certeza de que el régimen teocrático iraní estaba financiando la promoción del invento propagandístico de Pablo Iglesias que él justificaba por el lógico aprovechamiento de las oportunidades que le brindaba la geoestratégica política.

Pero es claro que no hay mejor ciego que quien no quiere ver, según completa el antes citado aforismo del saber popular. Y seguí adelante haciendo campaña y vendiendo al electorado un programa que, pasado por el fino tamiz de mis personales convicciones poco tenía que ver con el oficial del Partido. ¡Hasta dónde nos hace llegar el deseo de que cambie el entorno político que nos arrastra a traicionar de forma miserable los postulados de nuestra conciencia pensando que un fin, pretendidamente noble, justifica unos medios turbios!

Fui elegido, pero no me sentía demasiado feliz pese a los buenos resultados obtenidos en todo el territorio español. Intenté unirme con otros compañeros de Podemos y de sus mareas para crear una corriente que enderezara la sinuosa trayectoria de la organización. Pablo Iglesias pasaba sin solución de continuidad de sus anteriores proclamas (en las que incitaba a perseguir fascistas, pedía perdón por no partir la cara a los fachas con los que debatía en las tertulias y fardaba por haberse roto los huesos de una mano al sacudir un puñetazo a un individuo al que calificaba como integrante del lumpen y, por tanto, de clase inferior a la suya) a disfrazarse arteramente con piel de cordero y presentarse como socialdemócrata seguidor del modelo implantado por éstos ( junto a la derecha democrática) en los países escandinavos. Pero yo (¡bobo e ingenuo de mí!) aún pensaba que toda esa parafernalia no era más que una pose estratégica y, con una inconcebible falta de sensatez, seguía sin barruntar peligro alguno en lontananza.

Con el apoyo de Sánchez, el ambicioso Secretario General del PSOE, consiguió fraguar unos pactos que permitieron a Podemos y sus adláteres llegar al poder en importantes ciudades españolas, desplazando del mismo al Partido Popular, la fuerza política que más votos había obtenido. Fue el caso de varias capitales de provincia como Barcelona, Cádiz, La Coruña, Madrid, Sevilla, Valencia, Zaragoza, … A la par, sus diputados autonómicos, en solitario o con los de otros partidos (Bildu, Izquierda Unida, Nafarroa Bai, Compromís…) auparon al PSOE o a otras fuerzas minoritarias al poder en varias Comunidades Autónomas (Aragón, Islas Baleares, Castilla La Mancha, Comunidad Valenciana, Extremadura…) Lo más sorprendente es que el voto de los representantes de Ciudadanos colaboró en esa misma estrategia. Caso de Badalona, Gandía…Así hasta en diez localidades. Yo empezaba a no entender nada. ¿Es que todo vale para alcanzar el poder?

Durante el primer año transcurrido desde la llegada a sus recién alcanzados cargos de aquellos personajillos que, en teoría, eran mis correligionarios, los gobiernos del cambio (como se han autodenominado con gran petulancia) cometieron todo tipo de irregularidades y tropelías, e incluso ilegalidades más graves aún, en muchos casos, que las achacadas a la anterior casta política tan denostada. Ahora, desde mi encierro en esta prisión a la espera del final, me parece inaudito que no calibrara en su dimensión real las barbaridades que se permitieron hacer en el ejercicio cotidiano del poder y que han supuesto la quiebra definitiva de nuestro sistema económico al ahuyentar a los inversionistas, provocar la ruina de numerosas empresas pequeñas y medianas, hundir a los trabajadores autónomos y, con ello, dejar en el paro y posterior indigencia a millones de los ciudadanos que muy ingenuamente creyeron en sus delirantes propuestas. A mí no me movió el odio, como a otros muchos arrastrados por la mentira, sino el deseo de regenerar este país.

Pero olvidé que la Historia del pasado Siglo está plagada de crisis similares de las que nunca el populismo de extrema izquierda logró sacar a las naciones afectadas (ni la Revolución Rusa que condujo a la formación de la URSS, ni el fascismo italiano, ni el nacionalsocialismo alemán, ni la Larga Marcha de Mao en China, ni la Revolución Cubana, entre otras, fueron la panacea contra los males anteriores que denunciaban machaconamente sus megalómanos dirigentes. Y tampoco lo ha sido la Revolución Bolivariana de Chávez y sus diversas secuelas Iberoamericanas. Todas esas aventuras acabaron en tragedias que se cobraron millones de vidas inocentes, entre las que se cuentan las de muchos seguidores de primera hora de los “líderes salvadores” de las respectivas patrias, que les prometieron conquistar el cielo. Pero, lo que es peor, las vidas de cantidades ingentes de votantes mal informados, que habían sido cegados por ilusiones colectivas muy bien presentadas por los aparatos de propaganda. Sin embargo, todas esas evidencias no impidieron que, ciego por el afán de conseguir un cambio que terminara con la enorme corrupción desatada por los partidos de lo que mis “señoritos” llamaban la casta, cayera de lleno en la peligrosa trampa que atrapaba a los incautos, cuya colaboración estaba encumbrando a una casta mucho peor.  Así ocurrió bajo la inmisericorde presión ejercida por los medios audiovisuales que servían de altavoz a los engaños de esos hábiles embusteros, discípulos aventajados de Goebbels y sus once principios de la propaganda política, eficaces para convertir las mentiras en “verdades” ante la opinión pública.

Poco a poco la venda que cegaba mis ojos y los tapones que obstruían mis oídos dejaron de impedir que el cerebro procesara de forma inteligente la amplia información que los periodistas no sometidos a las directrices de la cúpula de Podemos iban poniendo en circulación, sustentándola en pruebas incontrovertibles.

Aun así, seguí aferrándome a la esperanza de que algunos seguidores bien intencionados de ese movimiento, corrompido en origen, seríamos capaces de enderezar el tronco del árbol cuyas raíces habían profundizado con exceso en un subsuelo electoral, fertilizado por la ignorancia y el adoctrinamiento, consiguiendo con ello que un número muy elevado de individuos, de conciencia adormecida, huérfanos de los más elementales principios éticos, siguieran sectariamente las consignas de esa perversa y retorcida minoría. ¡Tonto de mí! Solo conseguí situarme ante el punto de mira de quienes, ansiosos de poder, apuntan contra los que se atreven a contradecirles y actúan arteramente para quitárselos de en medio, al principio con disimulo, utilizando guantes de seda, y más tarde de forma abierta y cruel, con guanteletes de hierro.

Los comportamientos de Iglesias y su camarilla, defensores de la democracia directa, según vendieron cuando empezaron a conformar los famosos círculos, se tornaron en antidemocráticos y autoritarios. Si en alguna localidad los afiliados elegían a personas que no eran de su agrado, de inmediato actuaban para eliminarlos y sustituirlos por otros de su cuerda, sin respetar a las mayorías que los habían preferido al emitir el voto. Y, todo ello, sin someterse correcta y estrictamente a las prescripciones estatutarias.

Eligieron para los cargos institucionales a individuos e individuas (tal como les gusta decir a esa gentecilla en aplicación de la “ideología de género”) que no se caracterizaban por su especial cualificación para desempeñar los puestos, sino por su proximidad familiar o afectiva. La cantera humana para extraer candidatos y colocarlos a dedo estaba constituida por grupos de “activistas” profesionales que, con carácter general, nunca antes desempeñaron trabajos productivos de cierta envergadura y relevancia social. Muchos de ellos sin estudios o titulación de ningún género, o que habían accedido al diploma después de períodos de tiempo excesivos (¿a saber por qué métodos?). En la mayor parte de los casos se trataba de especímenes cuyos logros más destacables se habían conseguido en actividades antisistema.

Me entran escalofríos al pensar en la “asalta capillas” del grito “arderéis como en el 36”; el antisemita emisor de mensajes contra las víctimas del Holocausto y del terrorismo, el “magnífico” empresario en cuyas manos está la hacienda de los madrileños después de hundir todas las empresas que dirigió y que, para remate, se vanagloria de querer destruir en sistema; el chirigotero gaditano falto de decoro para recibir y ser recibido por otros cargos institucionales; la responsable de contratar con dinero público un espectáculo de títeres enaltecedor del terrorismo; la meona de la Gran Vía murciana; la juez canaria investigada por prevaricar; el ex general traidor y tantos y tantos especímenes de categoría similar, algunos de los cuales hoy tienen en sus manos un poder que no merecen, o pueden tener aún más en el futuro.

Y llegaron las Elecciones Generales de 20 de diciembre de 2015 y, con suma ingenuidad, seguí estúpidamente apoyando las candidaturas de Podemos intentando digerir la mendaz patraña del “cambio progresista” que aglutinara a Podemos y sus mareas, al PSOE e IU y otros extraños compañeros de viaje. No porque esa ideología me resultara atractiva, pues mi afiliación había estado motivada, en parte, por la transversalidad que proclamaban los ideólogos de Podemos (después de su trayectoria por la siniestra se habían apuntado con ardor aparente a la tesis del fin de la dicotomía derecha/izquierda) y, en buena medida, por mi aversión al poco ejemplar comportamiento de muchos responsables del PP.

Cuando pasaron los meses sin conseguir la investidura del único candidato que se comprometió a intentarlo ante el Jefe del Estado, puedo afirmar que sentí cierto alivio sin que sepa con exactitud la causa. Debía sobrevolar sobre mi ánimo un cierto presentimiento de que las cosas en España no iban por buen camino.

Lo cierto es que, en la nueva convocatoria de Elecciones Generales de 26 de junio de 2016, mis iniciales fuerzas para defender la opción de Podemos habían perdido fuelle y me embargaba una extraña desazón. Pero, inexplicablemente, aunque mi actividad fue mínima, volví a intentar lo imposible. Pese a estar ocupado en hacer frente a las incongruencias del alcalde y resto de compañeros concejales de Podemos que regían mi ciudad, voté de nuevo (por cuarta vez en poco más de dos años) a ese partido, que es más bien una amalgama de grupos. En mala hora lo hicimos los “tontos útiles” que aceptamos la cantinela de echar al PP para después formar un hipotético “gobierno de progreso”. No nos dimos cuenta de que el prometido cambio era “a peor”. Esta vez, las candidaturas al Congreso de los Diputados de Podemos y sus grupos coaligados, bajo la denominación de “Unidos Podemos” superaron ampliamente (en número de votos) al errático PSOE, aunque la diferencia de escaños a su favor fue menor por aplicación de la mal llamada Ley d’Hont (que no es ley sino regla de reparto de sillones). Sus dirigentes llegaron a un acuerdo para intentar la formación de un gobierno “a la valenciana” y, tras difíciles y prolijas negociaciones, presentaron en la Zarzuela como candidato de consenso a Monedero, pues la rivalidad existente entre Iglesias y Sánchez, impidió que la designación recayera en uno de ellos. Ambos serían designados Vicepresidentes con igual nivel jerárquico, aunque solo en teoría, pues el bacalao lo cortaba Podemos y los suyos. El Monarca se vio impelido a proponer ese nombre al Presidente del Congreso de Diputados, cargo que había recaído en Zapatero para premiarle su gran dedicación a la causa de la Segunda Transición, que consistía esencialmente en cargarse los escasos logros de la Primera y derogar a toda costa la Constitución de 1978.

La tibia posición de Ciudadanos en el Congreso, la poco efectiva oposición del PP en dicha Cámara y la mayoría insuficiente alcanzada por este último en el Senado pero, sobre todo, el apoyo de los independentistas catalanes, vascos y gallegos y la nula convicción democrática de los escasos jueces independientes que iban quedando en el territorio que antes se llamó España, hizo que los nuevos titulares del Gobierno se apoderaran de todos los resortes del poder y, burlando la Constitución y las demás Leyes, consiguieran que se aprobara una nueva cuyo texto suprimía prácticamente todas las libertades, incluidas la de expresión, la de prensa, la de educación y la religiosa. Eliminaron de un plumazo el derecho a la propiedad privada y como preconizaban, antes de disfrazarse de moderados socialdemócratas, expropiaron los bancos, las grandes empresas, las explotaciones agropecuarias y todas las industrias dirigidas por el sector privado y las declararon de titularidad pública. Era la versión carpetovetónica del estatismo soviético y de la política de su adorado Chávez (basta recordar sus famosos ¡exprópiense!)

LOS CIRCULOS DEL TERROR

Para justificarlo esgrimieron el eslogan “de la ley a la ley, pasando por la ley” que inventó Torcuato Fernández Miranda para conseguir entre 1975 y 1978 el cambio de una Dictadura, que ya era blanda por el declive y la muerte de su valedor, a una Democracia más blanda todavía. De nada sirvieron los recursos presentados por los pocos ciudadanos que osaron hacerlo. Un miedo cerval que calaba hasta los huesos se apoderó de todos y fueron muy escasos los que osaron levantar la voz contra las cotidianas y salvajes injusticias para reclamar abiertamente sus derechos. Yo, vacunado por la dura realidad de las fiebres que me habían dominado durante los tres últimos años me erigí en uno de los impulsores de la protesta ciudadana y ello me costó primero la expulsión del partido, luego la irregular pérdida de mi concejalía y más tarde la de la plaza de profesor universitario. Cuando intentaba conseguir un empleo, que me permitiera sustentar a mi familia, todas las puertas a las que llamé (presentando un currículum profesional bastante completo) se cerraron. Nadie se atrevía contra el régimen de terror que se había implantado en la “Confederación de Repúblicas Populares Autónomas de la Península Ibérica”, donde los únicos que se permitían hacer lo que les venía en gana eran los dirigentes de las Repúblicas Populares Autónomas de los Països Catalans (con Aragón, Baleares y Valencia), Eukal Herria (incluida Navarra y el Condado de Treviño) y Galizia, aunque las dos primeras no habían conseguido anexionarse los territorios franceses, que reclamaban como propios, ni la tercera los portugueses, que seguían formando parte de la República Popular Autónoma Portuguesa, incorporada a la Confederación por la traición de la izquierda lusa, que más bien parecía ilusa al aceptar esa ruinosa asociación.

Primero los estadios de fútbol y luego las cárceles y prisiones de todo el Estado se llenaron de presos políticos acusados de alta traición. Allí fueron a parar, después de haber sido sádicamente maltratados y torturados, los pertenecientes a los partidos de derechas, los tibios y, desde luego las jerarquías de la Iglesia Católica y hasta los simples fieles que se negaban a apostatar. Las sacas fueron masivas y se reprodujeron los sangrientos hechos que protagonizó el Frente Popular durante 1936 y la subsiguiente Guerra Civil. La masacre no pudo ser detenida por cuantos Organismos Internacionales lo intentaron e incluso se desoyó la voz del Papa, que tenía cierta mala conciencia por haber creído de buena fe en las palabras de los dirigentes de Podemos cuando les recibió en el Vaticano algunos años antes.

Y, por último, llegó lo inevitable. Después de que mi familia sufriera una persecución sin piedad habiendo infligido a todos sus miembros padecimientos sin límite, como brutal represalia por mis actividades opositoras, me vi encarcelado sin juicio alguno en la inmunda mazmorra donde a escondidas estoy escribiendo este relato con la esperanza de que pueda ser conocido por la mayoría silenciosa (o, más bien, silenciada).

Me mueve a hacerlo no solo el profundo y sincero dolor por haber ayudado al advenimiento de este Régimen abyecto que ha convertido a España en un Estado totalmente fallido cuyo pueblo, traicionando su propia Historia, ha vuelto a permitir (por acción u omisión) que el ¡vivan las “caenas”!, que fue el grito de guerra de quienes se creían valientes por echar al invasor a principios del Siglo XIX para caer después en las despóticas garras de un tirano absolutista y liberticida, se haya convertido otra vez en el reclamo de quienes, queriendo acabar con la corrupción económica de la antigua casta, han dado el poder a una nueva casta que, además de corrupta hasta el tuétano, es todavía más liberticida. Y cuyas perversas actuaciones pueden calificarse de genocidio ideológico.

Como Pablo Iglesias, admirador de los dirigentes jacobinos de la Revolución Francesa de 1789, ha conseguido reinstaurar la pena de muerte sustituyendo el arcaico garrote vil por la aún más vetusta guillotina, estoy a la espera de que, en cumplimiento de la sentencia dictada sin juicio alguno por un Tribunal Popular presidido por jueces lacayos del Régimen, mi cabeza ruede hasta el cesto colocado para recibirla.

Lo tengo merecido por estúpido al haber actuado, antes de mi transformación en defensor de las libertades como si, en lugar de tener una normal dotación de neuronas, mi cerebro hubiese estado lleno de serrín…

EJECUCION EN LA GUILLOTINALa siniestra obsesión psicopática de Pablo Iglesias

Si en el futuro cambia la situación y la presión internacional vuelve a conseguir que la que antes era España retorne al camino de la democracia, por imperfecta que esta sea, mi espíritu se sentirá muy satisfecho allá donde se encuentre y deseo que estas breves memorias sean de utilidad para que los españoles de esos tiempos no incurran en los mismos errores que nos llevaron a muchos ciudadanos a caer en las redes de los que saben muy bien predicar y ofrecernos una Arcadia feliz, cuando sus verdaderas intenciones solo conducen al terror y a la muerte a los incautos que creen en sus promesas. Aunque ya sabemos que no se escarmienta en cabeza ajena y que los pueblos tropiezan siempre en la misma piedra para que, desafortunadamente, la Historia se repita.

Si es cierto que los hechos se reproducen cuando se dan condiciones análogas, confío en que a los caciques de Podemos les ocurra igual que a la élite de los jacobinos de la Revolución Francesa. Después de haber instigado al populacho (cuyos miembros eran conocidos con el nombre de “sansculottes”) a formar tribunales sanguinarios con el único cometido de condenar a morir en la guillotina a los seguidores del Antiguo Régimen y a los sospechosos de tibieza revolucionaria o desafección a los mandamases, fueron ellos los que probaron la propia medicina que habían recetado para sus enemigos y también desfilaron caminito del “piadoso” invento del doctor Guillotin. El que a hierro mata a hierro muere, según reza un conocido aforismo. Amén.

Recen por mi alma si son creyentes y si no que su energía positiva me acompañe en este doloroso e inevitable trance.”

Con esto doy fin a la transcripción resumida de las memorias de nuestro infortunado protagonista y me atrevo a seguir sus pasos, con la debida prudencia, en las valientes acciones que fue capaz de llevar a cabo, cuando tuvo plena consciencia del mal que había contribuido a desatar a causa de su inicial irresponsabilidad al fiarse de unos canallas. Edmundo Dantés encontró un fabuloso tesoro material gracias a las informaciones del Abate Faria, cuya muerte le facilitó la fuga, lo que le permitió adoptar la personalidad del Conde de Montecristo. El redactor de esta espeluznante crónica nos ha legado un tesoro ético para ayudarnos a estar siempre alertas contra los enemigos de la VERDAD, la LIBERTAD, la JUSTICIA y la DECENCIA. Gracias a su martirio podemos ser más fuertes. Intento aglutinar a cuantas personas decentes me encuentro en el arduo camino que ahora emprendo. Aunque todas las Bibliotecas, Hemerotecas y Archivos Audiovisuales han sufrido la desaparición de los fondos que podrían informar de la verdad (no oficial) de lo acaecido en España antes de la llegada del “Gran Hermano” que hoy nos controla, la memoria de muchas personas no alienadas todavía conserva con admirable precisión los textos e imágenes que han sido suprimidos por el “Ministerio de la Verdad Oficial” creado por el Régimen. Previamente ya habían destruido los documentos de los Archivos Históricos que demuestran la falsedad de los relatos oficiales del Gobierno y de sus cómplices antaño separatistas y en la actualidad prácticamente separados. Si encuentran a algunos de esos seres de privilegiada memoria procuren que les informen sobre su contenido y, a ser posible, pídanles que con suma discreción y prudencia les reciten los textos de unas obras que hoy tienen especial interés para comprender lo que nos está ocurriendo: “Un mundo feliz”, “1984”, “Rebelión en la granja” y “Fahrenheit 451”. En las redes sociales no podrán encontrarlos porque han sido censuradas, o del todo eliminadas, por los cancerberos del Régimen.

“Espartaco II”

Secretario Nacional en la clandestinidad de

DERECHO CIUDADANO A DECIDIR

DCID – El Partido del resto del Siglo XXI

 URNA CON BOMBAHay papeletas que pueden ser explosivas y causar daños colaterales irreversibles.
 NOTA INFORMATIVA Y ADENDA